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Capítulo 412:
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El agua helada le golpeó la cabeza y los hombros como diminutas agujas, sacudiendo su sistema nervioso, pero sin hacer absolutamente nada para apagar el fuego infernal que le ardía en el pecho.
Apoyó la frente contra las frías baldosas de mármol y cerró los ojos.
El agua le corría por la cara, mezclándose con algo caliente y salado-amargo que le brotaba por las comisuras de los ojos.
El tirano de Wall Street —el hombre capaz de llevar a la quiebra a naciones enteras con una sola llamada telefónica— sintió cómo una impotencia aplastante y asfixiante se apoderaba de él. Podía controlar el mercado mundial, pero no podía controlar la gravedad fatal y tóxica que le atraía hacia la mujer que dormía en la habitación de al lado.
La verdadera guerra acababa de comenzar, y el campo de batalla era su propia mente.
A las 5:00 de la madrugada, Isidora se despertó.
En cuanto abrió los ojos, una oleada de dolor físico agonizante la inundó. Cada músculo de su espalda, sus muslos y sus hombros gritaba de dolor. Parecía como si la hubiera atropellado un camión.
Giró lentamente la cabeza sobre la almohada.
El espacio a su lado estaba vacío. Las sábanas estaban arrugadas y la almohada aún conservaba la tenue huella de su cabeza. El intenso aroma a cedro y whisky perduraba en la tela: una prueba cruel e innegable de que la locura de la noche anterior no había sido una pesadilla.
Isidora se quedó mirando el espacio vacío. Un nudo frío y pesado de humillación se le formó en el estómago.
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Se quitó el edredón de encima y bajó la mirada hacia su piel. Sus clavículas y costillas pálidas estaban cubiertas de moratones morados, oscuros e intensos: marcas de propiedad, sellos violentos dejados por un hombre que quería consumirla por completo.
Se obligó a incorporarse. Le temblaban las piernas al dejarlas colgar por el borde de la cama.
Entró en el baño. El aire aún estaba ligeramente húmedo por la ducha de Cedrick. Se plantó ante el enorme espejo y se miró el rostro tal y como era. Luego abrió su bolsa de viaje y sacó los pesados frascos de base de maquillaje teatral y las esponjas especiales para aplicar el maquillaje con toques.
Con movimientos lentos y mecánicos, comenzó a cubrirse. Untó la espesa capa marrón turbia sobre su piel de porcelana. Aplicó con cuidado los grupos oscuros y desiguales de pecas falsas y sombreó la línea de la mandíbula para que pareciera más ancha y pesada.
A medida que la máscara tomaba forma en el espejo, una extraña y vacía sensación de seguridad volvió a su pecho. Ese maquillaje era su armadura. Era la única barrera que le quedaba contra los monstruos de aquella casa.
Cuando terminó, se puso unos pantalones de chándal holgados y una enorme gabardina oversize que ocultaba por completo su figura. Destrancó la puerta de la suite y salió.
Necesitaba ver el océano. Necesitaba que el vasto e indiferente poder de la naturaleza le quitara de encima la sensación asfixiante de ser prisionera de Cedrick Garrison.
Dos plantas más arriba, en la terraza privada de la casa principal, Cedrick permanecía completamente inmóvil.
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