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Capítulo 364:
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La boca de Kevin se abrió de par en par. Miró a Cedrick, luego se volteó lentamente para ver a Isidora. Observó sus lentes gruesos, las pecas oscuras sobre sus mejillas, el cabello seco y recogido, y la ropa barata.
Su mente rechazó violentamente la información. La idea de que su frío y casi divino tío fuera a reclamar a esta mujer —de que se parara en un patio a plena luz del sol de la mañana con la mano sobre su hombro— era algo que el ego de Kevin simplemente no podía acomodar.
Se aferró a la única explicación que tenía sentido para él. Era un castigo. Cedrick sabía que Kevin había dejado encerrada a su prometida durante la noche. Esto era la manera de su tío de humillarlo: una fría y teatral reprimenda entregada en público.
Kevin soltó una carcajada fuerte y forzada.
«Tío, tienes un sentido del humor muy oscuro,» dijo Kevin, frotándose la nuca. «Te escuché perfectamente. Voy a cuidar mejor de… ella.»
Asintió, completamente convencido de su propia deducción, habiendo esquivado perfectamente la verdad que tenía justo frente a él.
Cedrick lo miró durante un largo momento. La densidad de la torpeza de su sobrino era casi impresionante. Una espesa capa de disgusto se instaló en sus rasgos.
Levantó la mano del hombro de Isidora.
«Ven conmigo,» dijo Cedrick, mirándola hacia abajo. «Necesitamos hablar.»
El corazón de Isidora martilló contra sus costillas. Agarró el teléfono, se puso de pie y siguió la ancha espalda de Cedrick sin mirar a Kevin, sintiéndose atraída, inevitablemente, de vuelta hacia su órbita.
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Kevin se quedó solo en el patio y los vio irse. Sacudió la cabeza, aún felicitándose en silencio por haber leído bien la situación, completamente ajeno al hecho de que su mundo entero ya estaba ardiendo.
Isidora salió por las pesadas puertas de cristal del ala El Sanctum, con el estómago atado en un nudo apretado y doloroso. Cedrick la había llevado de vuelta a la suite únicamente para informarle que no tenía permiso de abandonar los terrenos de la finca. No ofreció ninguna explicación sobre el incidente del patio: solo una orden fría y absoluta antes de desaparecer en su estudio para tomar una llamada.
Se sentía como una mascota con una correa muy corta y muy pesada. La humillación le ardía en la garganta. Necesitaba alejarse de su presencia. Necesitaba trabajar.
Se dirigió hacia el malecón junto al mar, donde el cielo azul se disolvía en el horizonte del océano. El aire salado era un bálsamo para sus nervios deshilachados, y había venido buscando el tipo de quietud que de vez en cuando le encendía la inspiración para una nueva fragancia. Tomó una bocanada de aire profunda y comenzó a caminar.
La tranquila mañana se hizo añicos sin advertencia.
El ensordecedor rugido de un motor de alto rendimiento desgarró el aire. Un destello de amarillo brillante —un auto deportivo de un millón de dólares— venía a toda velocidad por el angosto camino de acceso directamente hacia ella. Los neumáticos chirriaban no en un intento por frenar, sino porque luchaban por encontrar tracción para acelerar aún más. Esto no era un accidente. Era deliberado.
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