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Capítulo 351:
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Isidora estaba sola en el centro de la sala. Miraba fijamente la pesada puerta principal. Conocía a la perfección el funcionamiento de los sistemas de seguridad de las suites VVIP: sin la huella biométrica de Cedrick o su tarjeta maestra, el cerrojo no cedería desde adentro. Estaba físicamente encerrada.
Una sofocante oleada de angustia la invadió. Comenzó a caminar de un lado al otro sobre la alfombra, con el corazón latiendo demasiado rápido. Necesitaba algo que la anclara a la realidad. Necesitaba distraerse.
Su mirada se posó en la mesita de vidrio. Junto al teléfono de Cedrick había una humidora de caoba pulida y pesada.
Isidora no fumaba. Pero la aplastante presión psicológica le provocaba un dolor físico real en el pecho, y necesitaba una válvula de escape. Se acercó, abrió la caja y sacó un puro cubano grueso y caro. Sus manos temblaban levemente mientras tomaba el cortador de puros de oro macizo y torpemente le cortaba la punta. Agarró el pesado encendedor de soplete plateado, presionó el encendido y una llama azul afilada brotó disparada.
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Había visto a hombres adinerados fumar estos puros en banquetes, manteniendo el humo pesado estrictamente en la boca. Pero en ese momento, una oleada de desesperación autodestructiva la arrasó. Necesitaba un dolor físico que la distrajera del tormento psicológico que la desgarraba por dentro. Se puso el puro entre los labios y dio una calada profunda y devastadora, jalando deliberadamente el humo espeso directo hacia sus pulmones.
Fue un error fatal.
El áspero humo de tabaco golpeó el sensible tejido de sus pulmones como una explosión de ácido. Un ataque de tos violento y explosivo sacudió todo su cuerpo. Se dobló hacia adelante, sujetándose el pecho en absoluta agonía, con los pulmones ardiendo. Las lágrimas inundaron al instante sus ojos y se desbordaron por sus pestañas, corriendo por sus mejillas en calientes y rápidos raudales. Agarró el borde del sofá para no desplomarse.
De repente, el sonido del agua corriendo en el baño se detuvo.
La puerta de vidrio esmerilado se abrió.
Cedrick salió. Acababa de salir de la ducha y llevaba puesto nada más que una toalla blanca y limpia enrollada baja en la cintura. Su amplio pecho musculoso y su definido abdomen quedaban completamente expuestos, con gotas de agua aferradas a su piel, recorriendo las duras líneas de su torso antes de desaparecer en el borde de la toalla. La sola magnitud de él llenaba su campo visual, haciendo que el aire se sintiera aún más espeso y difícil de respirar.
Se detuvo en seco, frunciendo el ceño ante la densa nube de humo que flotaba en la sala. Luego su mirada se clavó en la mujer recargada contra su sofá.
«¿Qué diablos estás haciendo?» preguntó Cedrick, con voz afilada de irritación. Dio una larga zancada hacia ella.
Isidora levantó la vista hacia él.
Seguía sin poder respirar bien. Sus ojos, habitualmente fríos y calculadores, estaban completamente enrojecidos y anegados en lágrimas, con las húmedas pestañas apelmazadas. Parecía pequeña, frágil y absolutamente indefensa.
Los pasos de Cedrick se detuvieron al instante.
La irritación desapareció de su rostro. Sus oscuras pupilas se dilataron rápidamente, convirtiendo sus ojos en abismos negros insondables. Su nuez de Adán se movió en su garganta. El aire entre ellos se tornó de pronto muy quieto.
Cedrick cerró la distancia que los separaba en dos enormes zancadas.
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