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Capítulo 1491:
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«¿Y qué importa que lo recuerdes? Ella no recuerda nada ahora. Aunque le contaras todos los detalles, no creería ni una palabra de lo que le dijeras. Solo eres el pervertido que la secuestró de nuestra boda. Nunca te recordará, no en esta vida. ¿Por qué no renuncias a esa patética fantasía?».
Al oír esas palabras salir de la boca de Marc, el fruncido entre las cejas de William se hizo más profundo, más oscuro y más preocupado. Dio un paso deliberado hacia adelante y su voz se volvió grave, pesada y peligrosa. «¿Qué quieres decir exactamente con que nunca me recordará en esta vida?».
Un profundo instinto le decía a William que había algo fundamentalmente erróneo en lo que Marc acababa de decir.
El diagnóstico de Stella era amnesia selectiva, ¿no? Los médicos le habían asegurado que existía una posibilidad real de recuperación.
Entonces, ¿por qué Marc estaba tan seguro de que Stella nunca recordaría nada?
La acusación apenas había salido de la boca de William cuando Marc echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. —Ya te lo he dicho: no lo recordará. No puede. Esos recuerdos pueden atormentarla en sus sueños cada noche, pasando por su mente como fragmentos de un espejo roto, pero seguirá sin recordarte. ¿No me crees? Vuelve y compruébalo tú mismo.
Esa confianza engreída e inquebrantable heló la sangre de William. Algo no estaba bien.
La mano de William se disparó sin previo aviso. Agarró a Marc por el cuello y lo levantó hasta que sus pies apenas rozaban el suelo.
«Por última vez». La voz de William se volvió peligrosa. «¿Qué diablos quieres decir con eso?».
Marc apretó los labios. Su boca formó una línea obstinada y exangüe.
William podía golpearlo hasta dejarlo al borde de la muerte y Marc nunca diría una palabra sobre la droga. Sobre lo que había hecho. Sobre el ciclo en el que había atrapado a Stella.
La droga no solo borraba los recuerdos. Construía muros a su alrededor, reforzando esas barreras día tras día.
Los ensayos clínicos en tres continentes habían demostrado su eficacia. Los resultados eran innegables. Había pagado una fortuna por la droga.
Stella la había estado tomando durante meses mientras permanecía bajo su techo, bajo su control. William no podía simplemente chasquear los dedos y deshacer meses de manipulación química.
El silencio de Marc se prolongó. Algo dentro de William se rompió.
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Su bota golpeó la rodilla de Marc, con fuerza y sin piedad.
El grito de Marc rasgó el aire. Su pierna se dobló y cayó al suelo.
La agonía retrocedió lentamente, como la marea que se retira de la orilla. Entonces, increíblemente, Marc volvió a reír.
—¿Eso es todo lo que tienes, William? ¿Fuerza bruta y amenazas vacías? Espera y verás. Stel acabará volviendo a mí arrastrándose. No puedes mantenerla prisionera para siempre.
William se dio la vuelta y se alejó.
Un segundo más en esa habitación y haría algo de lo que no podría arrepentirse.
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