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Capítulo 1321:
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El corazón de Sharon se retorció. Girándose bruscamente hacia William, le lanzó una mirada furiosa. «William, ¿cuánto tiempo piensas mantenerla atrapada aquí? Es un ser humano, no tu cautiva, ¡no tienes derecho a encerrarla!».
William respondió con una mirada fría, en un tono seco y despiadado. «Esto es entre ella y yo».
Sharon hervía de ira, pero sabía que discutir no serviría de nada. Respiró hondo y se volvió hacia Stella con una voz más suave. —Stel, mírate, estás muy pálida. Estar encerrada así solo hará que te sientas peor. Ven conmigo. Demos un paseo por el centro comercial y te compraremos algo que te guste, ¿vale?
Una chispa de esperanza brilló en los ojos de Stella, pero se desvaneció rápidamente cuando miró con miedo a William.
Seguramente no la dejaría ir.
William fingió no darse cuenta de cómo los pensamientos de Stella se reflejaban en su rostro: una súplica silenciosa mezclada con miedo. Sus ojos se posaron en Sharon, que se mantenía protectora como una madre gallina furiosa, antes de apartar finalmente la mirada.
Sabía exactamente cuáles eran las debilidades de Sharon. Si se atrevía a ayudar a Stella a escapar, se aseguraría de que lo pagara. Y sabía que Stella no se atrevería a intentarlo por su cuenta.
Quizás dejarla respirar aire fresco calmaría su llanto interminable, que solo lo irritaba.
—Vuelve pronto. —Su voz seguía siendo fría, pero su concesión era clara: le daba permiso, aunque fuera a regañadientes.
Sharon dejó escapar un suspiro de alivio y sonrió con ternura mientras se agachaba para levantar a Stella. —Vamos, Stel. Salgamos de aquí.
Stella no esperaba que William la dejara irse. Mientras Sharon la ayudaba a ponerse de pie, su instinto se activó: lo miró. Sus ojos se encontraron. Su corazón dio un vuelco. Rápidamente apartó la mirada.
«Volveré», dijo en voz baja. «Solo… por favor, no hagas daño a nadie por mi culpa».
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Sus amenazas aún resonaban en su memoria: cómo le había advertido, una y otra vez, que si intentaba huir, las personas que la rodeaban pagarían el precio. Ese miedo no había desaparecido.
William arqueó una ceja. Ella era inteligente.
Fuera de la sofocante mansión, con el viento en la cara y el llamativo coche deportivo de Sharon circulando a toda velocidad por la carretera, Stella sintió que algo cambiaba. No estaba completamente a salvo. No era libre. Pero se sentía más ligera.
El simple hecho de respirar aire que no era el suyo le parecía una victoria.
No se engañaba a sí misma: aquello no era una huida. William nunca la dejaría marchar tan fácilmente. Pero volver a estar en el mundo, oír el bullicio de las calles, ver señales y personas familiares… le recordaba quién era antes.
Sharon la llevó a un centro comercial al que solían ir, evitando deliberadamente cualquier tema delicado. La llevó a varias tiendas, le hizo probarse ropa que le gustaba, hizo comentarios casuales sobre bolsos y zapatos caros. Intentaba, con delicadeza, que recuperara su antiguo yo.
Y funcionó. Un poco. Los hombros de Stella se relajaron. Sus ojos se suavizaron. Una o dos veces, incluso sonrió.
Después de un par de horas, entraron en una pequeña cafetería cerca de las escaleras mecánicas. Iluminación cálida, el murmullo tranquilo de las conversaciones. Sharon esperó hasta que vio que el color volvía al rostro de Stella antes de darle un suave codazo. «Oye», comenzó, manteniendo un tono ligero, «¿Marc… se ha puesto en contacto contigo?».
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