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Capítulo 1317:
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«¿Dejarte ir?», repitió las palabras con un tono como el hielo al romperse.
Esa frase, saliendo de su boca, le provocó una sensación amarga en el pecho. Ira, sí. Pero también un extraño y vacío dolor para el que no tenía nombre.
Pero, por una vez, no explotó. Solo la miró —esa versión temblorosa y llena de lágrimas de la mujer que solía conocer— y le preguntó con calma: «Si te dejara ir ahora mismo… ¿volverías corriendo con Marc?».
No apartó la mirada de su rostro. Captó cada espasmo, cada destello de vacilación.
Ni siquiera estaba seguro de qué respuesta esperaba.
Stella parpadeó, atónita y en silencio. La niebla de su mente se disipó por un momento. La suave y gentil sonrisa de Marc brilló en su memoria. La boda. El anillo. Las promesas.
Entonces, el rostro frío e implacable de William se abrió paso en su mente. El caos. Esa noche.
Se le cortó la respiración. La vergüenza brotó de su pecho y estranguló las palabras que estaba a punto de decir.
Las lágrimas volvieron a brotar, ahora más calientes, y resbalaron más rápido por sus mejillas. Y aún así, no habló.
Justo cuando William pensó que su silencio se prolongaría para siempre, ella negó con la cabeza. Fue casi imperceptible. Pero era un no.
Susurró entre jadeos entrecortados: «No… No volveré».
William se quedó paralizado, y una chispa de sorpresa se abrió paso a través de su expresión cautelosa. «¿Por qué?», preguntó en voz baja. «¿Por qué no?».
Stella se encogió sobre sí misma, escondiendo la cara entre las rodillas como una niña. Su voz sonó apagada y débil, pero le golpeó como un puñetazo. «Porque… estoy sucia. Ya no soy la mujer que él cree que soy. No soy lo suficientemente buena para él».
Para ella, Marc seguía siendo el caballero perfecto, el que sonreía amablemente, el que nunca levantaba la voz, el que la hacía sentir segura.
No recordaba los retorcidos fragmentos de verdad que se escondían bajo esa superficie pulida.
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La expresión de William se ensombreció. La temperatura de la habitación pareció bajar unos grados y Stella se encogió aún más, como si pudiera sentir el cambio.
Él la miró fijamente, apretando la mandíbula.
¿Pensaba que era «sucia» porque él la había tocado?
¿Que eso la hacía indigna de Marc?
Una fea oleada de rabia bullía bajo su piel. Su paciencia se agotó. En un movimiento repentino, dio un paso adelante y la agarró por la barbilla, obligándola a mirarlo. Su agarre era firme, pero no cruel, lo justo para que ella lo mirara a los ojos.
—Stella —dijo con voz afilada como el cristal—, escúchame. Tú no eres sucia. Y yo tampoco lo soy. ¿Pero Marc? —Sus ojos ardían con algo mucho más oscuro—. ¿Ese principito perfecto que tienes en la cabeza? Él no es así. Ese hombre es el más sucio de todos nosotros. Y déjame recordarte que él es quien te debe algo. Yo no.
El aire cambió. Sus palabras no parecían insultos, sino la verdad. Una verdad que había estado ocultando durante demasiado tiempo.
Se inclinó hacia ella, lo suficiente como para que no pudiera apartar la mirada. «No me compares con él», dijo William con voz venenosa. «Ni siquiera se le acerca».
Stella lo miró, atónita. Algo en su corazón vaciló. La neblina del alcohol desapareció de sus ojos, sustituida por una aguda conciencia.
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