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Capítulo 1298:
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Stella parpadeó con fuerza. Todavía le daba vueltas la cabeza por la bebida que había tomado antes y veía borroso por los bordes.
Sabía que, si lo tomaba, estaría acabada. Su cuerpo no aguantaría. Podría desmayarse. O peor aún, perder la poca compostura que le quedaba delante de todos ellos.
Su mirada se desvió hacia William. No era su intención. Una parte oculta de ella, estúpida y desesperada, pensaba que él podría detener esto. Que intervendría.
En el momento en que se dio cuenta, algo se retorció en su pecho.
¿Qué estaba haciendo? ¿Buscando la ayuda del mismo hombre que la había traído allí para humillarla? Debía de haber perdido la cabeza.
William observó cómo Stella se desmoronaba, y algo brilló en sus ojos durante medio segundo antes de desaparecer bajo una capa de fría contención.
Se recordó a sí mismo que eso era lo que quería: verla conmocionada, humillada, pagando por lo que él consideraba una traición.
Se recostó en su asiento, cruzó una pierna sobre la otra y giró distraídamente el vino en su copa. No lo bebió.
Simplemente la observaba, casi divertido, casi tranquilizado por verla indefensa.
Solía sonreír con tanta facilidad cuando estaba con Marc. Podía reír, beber, entretener. Entonces, ¿por qué no podía hacer lo mismo con él?
¿Era Marc mejor que él?
Esa idea volvió a agriarle el humor. Apretó la mandíbula. Levantó una ceja hacia Stella, sin ofrecerle ayuda ni protección.
Al otro lado de la sala, un hombre llamado Fred Turner interpretó la indiferencia de William como un permiso para insistir más.
—Señorita Russell, el señor Briggs ya ha dicho que no hay problema —le puso un vaso lleno en la mano—. Vamos, tómese una copa conmigo. No ponga las cosas incómodas. El señor Briggs y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo.
Stella miró fijamente el licor. Instintivamente, sintió un retortijón en el estómago. La bebida que la habían obligado a tragar antes todavía le quemaba las entrañas.
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«De verdad que no puedo beber más…». Su voz temblaba, apenas más que un susurro.
Intentó retroceder, pero Fred le bloqueó el paso con su corpulencia.
Nunca antes se había visto en una situación tan embarazosa, obligada por unos desconocidos a hacer algo que no quería.
Su expresión se ensombreció. «¿Qué pasa? Solo es una copa. ¿Me estás faltando al respeto?».
Si no fuera por William, no habría sido tan indulgente con ella.
Los demás se unieron a él, con risas agudas y burlonas.
«¡Vamos, señorita Russell, Fred está siendo generoso!».
«No seas tan aguafiestas. A nadie le gustan las personas tímidas, ¡déjate llevar!».
Sus voces se mezclaron en un rugido sordo. A Stella le daba vueltas la cabeza. Miró a William, desesperada, sin palabras.
Él se sentó como un espectador, golpeando su copa con un ritmo perezoso, observándola retorcerse como si fuera algún tipo de espectáculo. No había nada en sus ojos. Solo frialdad.
La última pizca de esperanza se desvaneció. A Stella se le hizo un nudo en la garganta. Cerró los ojos, tragó saliva y asintió levemente. «Beberé».
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