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Capítulo 1270:
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La rabia que sentía en su interior se tragó el último vestigio de control que le quedaba.
De repente, soltó la barbilla de Stella, agarró el escote de su vestido y, mientras ella gritaba asustada, rasgó la tela con fuerza violenta.
El sonido de la seda rasgándose resonó con fuerza, y el encaje destrozado cayó al suelo, suave y roto, como las alas caídas de una mariposa herida.
Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando el aire frío tocó su piel desnuda. Solo le quedaba la fina tela de su ropa interior, que poco hacía por ocultarla.
Un grito se le escapó de la garganta mientras se encogía sobre sí misma, abrazándose con los brazos alrededor del cuerpo. La avalancha de vergüenza y terror la engulló por completo.
Sus sollozos eran rápidos y entrecortados, y sus hombros temblaban como si la tormenta hubiera encontrado un hogar dentro de ella. «¡Monstruo! ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué no paras? ¡Marc, ven a ayudarme!».
William la miró fijamente, temblorosa y pequeña en el sofá, con la piel pálida reflejando la luz, salpicada por las marcas rojas de su lucha.
Cada súplica que hacía a Marc avivaba el fuego que ardía en su interior, consumiendo la poca razón que le quedaba.
Una furia inquieta brotó dentro de él, negándose a ser contenida.
¿Qué buscaba?
La venganza lo consumía y quería que ella sintiera el aguijón del sufrimiento, que confesara sus errores.
El silencio llenó la habitación mientras él presionaba su peso sobre el delicado cuerpo de ella.
«Aprenderás lo que quiero. ¿Planeas mantenerte virgen para Marc? No dejaré que eso suceda».
La crueldad brilló en su mirada y Stella comprendió inmediatamente lo que pretendía.
El pánico se apoderó de ella mientras pataleaba y luchaba, tratando desesperadamente de escapar. «No. Para. ¡No puedes hacerme esto!».
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Sus repetidas negativas solo provocaron aún más a William. Su ira se desbordó y se convirtió en algo que ya no podía contener.
Cuando finalmente terminó, Stella ya no tenía fuerzas para luchar ni para llorar. Su mirada se fijó en el techo, donde la lámpara de cristal brillaba sobre ella, difuminándose su resplandor hasta desaparecer.
Se sentía destrozada.
William había creído que la venganza calmaría la tormenta que se agitaba en su interior, pero verla tan pequeña y aterrorizada no le llenó de ningún sentimiento de triunfo. Solo un dolor vacío se instaló en su pecho, mezclado con una vergüenza que no podía nombrar.
El sonido de sus lamentos llenó la habitación, atormentándolo como una voz decidida a volverlo loco.
Apartó la mirada de inmediato y buscó su ropa, moviéndose con gestos bruscos e impacientes. La mera visión de ella amenazaba con minar lo que le quedaba de control. Una mirada más y temía flaquear ante alguien tan infiel.
Cuando el silencio se volvió insoportable, su voz lo rompió, baja y teñida de desdén. —¿Has terminado de llorar? Guárdate tus lágrimas, Stella. Han perdido su poder sobre mí.
Los ojos de Stella, rojos y doloridos, parpadearon débilmente, pero no se atrevió a mirarlo. Acurrucada en el sofá, parecía pequeña y abandonada, como un juguete que ya nadie quería.
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