Fácil fue amarla, difícil fue dejarla - Capítulo 1215
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Capítulo 1215:
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Metió la mano en el bolsillo, sacó una caja de terciopelo y la abrió para revelar un impresionante anillo de diamantes con un diseño intrincado. En comparación con el anillo de compromiso que le había regalado una vez, este brillaba con mayor esplendor y refinamiento.
Levantó la mirada para encontrarse con la de ella, y su voz transmitía calidez y devoción bajo el resplandor de la luz de las estrellas. «Stel, sé que ya hemos acordado casarnos, pero siempre he sentido que nunca te lo había pedido de verdad, desde el corazón».
Stella se llevó una mano temblorosa a los labios, con los ojos llenos de lágrimas, abrumada por la emoción.
Por encima de ellos, las estrellas parecían estallar en una luz resplandeciente, reflejada en sus ojos abiertos y asombrados.
La voz de Marc temblaba de ternura, cargada con el peso de una promesa largamente esperada. «Aquí es donde todo comenzó para nosotros. Esta noche, bajo el mismo cielo que una vez fue testigo de nuestro amor, quiero volver a preguntarte…».
Levantó el anillo hacia ella, con tono firme y resuelto. «Stella, ¿quieres casarte conmigo? Déjame pasar mi vida protegiéndote, amándote y asegurándome de que siempre seas la mujer más feliz del mundo».
El momento parecía irreal: el resplandor, las palabras, la mirada en sus ojos. Todo se desarrolló con la precisión de un drama romántico hecho realidad.
Stella sintió un nudo en el pecho al sentir cómo la emoción la invadía. Estaba lista para asentir, para decir que sí sin dudarlo.
Pero antes de que la palabra «sí» pudiera salir de sus labios, otro recuerdo se apoderó de su mente: repentino, vívido y desorientador.
Estaba de pie bajo el mismo cielo estrellado, solo que esta vez era real, extendiéndose infinitamente sobre ella, no creado por una cúpula artificial.
Otro hombre, alto y de hombros anchos, se arrodilló ante ella. Su rostro estaba borroso en su mente, pero su presencia le resultaba dolorosamente familiar.
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En su mano no tenía el lujoso anillo de diamantes que ahora sostenía Marc, sino uno de diseño más sencillo, único y atemporal, que brillaba débilmente bajo el verdadero cielo nocturno.
Él la miró, con ojos profundos y firmes, como si contuvieran todo el universo. Cuando habló, su voz grave y resonante permaneció en su memoria, sincera e inolvidable.
«Stel, cásate conmigo. A partir de este momento, nuestros mundos se entrelazarán como partículas cuánticas, unidos para siempre, ¡sin separarse jamás!».
Un estruendo pareció explotar en la mente de Stella.
Un dolor agudo le atravesó las sienes, más intenso y penetrante que el que había sentido cuando llegó el abogado. La vaga imagen de aquel hombre, el extraño anillo, aquellas inquietantes palabras sobre el entrelazamiento cuántico… La golpearon como un rayo, desgarrando la niebla de su memoria antes de desvanecerse tan rápido como habían aparecido. Lo único que quedó fue un dolor punzante y una profunda sensación de desconcierto.
Un grito ahogado se le escapó cuando sus rodillas se debilitaron. La palabra que estaba a punto de decir —sí— murió en su garganta, sustituida por un jadeo de dolor.
—¡Stel!
La expresión de Marc se congeló, y la calidez de sus ojos se convirtió en miedo. Se puso de pie de un salto y la sujetó antes de que cayera. —¿Qué pasa? ¿Te vuelve a doler la cabeza?
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