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Capítulo 569:
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James se volvió para mirarlas a ambas: Victoria Kane, la poderosa mujer de negocios que había construido un imperio, ahora destrozada y llorando al descubrir verdades devastadoras sobre su difunto marido; y Camille Kane, la hija adoptiva que había sobrevivido a tantos traumas, ahora demasiado débil por sus heridas para proteger a la mujer que le había salvado la vida.
—¿Cualquier cosa que yo quiera? —preguntó James a Camille—. Lo que quiero es que las dos entendáis lo que sintió mi padre durante sus últimos años en la cárcel. Traicionado por personas en las que confiaba. Abandonado por una familia que debería haberle apoyado. Enfrentándose a la muerte en soledad mientras sus enemigos prosperaban.
—Tu padre no fue abandonado —dijo Victoria, encontrando una fuerza que no sabía que aún poseía. «A tu padre se le hizo responsable de delitos que perjudicaron a personas inocentes. Hay una diferencia entre la justicia y el abandono».
James cogió uno de los instrumentos de la mesa —algo afilado y de uso médico que brillaba a la tenue luz que se colaba por las ventanas rotas—.
«Pongamos a prueba esa teoría, ¿te parece? Veamos cuánta lealtad existe realmente en la familia Kane cuando está en juego la supervivencia».
Mientras James se acercaba con el instrumento en la mano, Camille reunió hasta la última gota de fuerza que le quedaba y se lanzó hacia delante en su silla, intentando interponerse entre James y Victoria a pesar de las bridas que la ataban.
«¡No la toques!», gritó Camille, con la voz ronca por la desesperación y el amor. «¡No te atrevas a tocar a mi madre!».
La palabra «madre» quedó suspendida en el aire entre todos ellos: era la primera vez que Camille se dirigía a Victoria con ese título. Incluso en sus momentos más íntimos, incluso cuando Victoria la había adoptado legalmente, Camille siempre había mantenido cierta distancia emocional.
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Pero ahora, ante la posibilidad de perder a Victoria para siempre, toda fingida distancia se desvaneció. Victoria no era solo su mentora o su madre adoptiva. Era su madre en todos los aspectos que importaban.
Victoria sintió que se le partía el corazón y que se curaba al mismo tiempo al oír a Camille reconocerla como madre. Tras dos años construyendo su relación con cuidado, tras todo el trauma y la sanación que habían compartido, este momento de crisis había derribado por fin las últimas barreras entre ellas.
«Yo también te quiero, hija», susurró Victoria, con lágrimas resbalándole por el rostro.
James observó aquel intercambio con algo parecido al asco. «Qué conmovedor. Un reencuentro familiar construido sobre mentiras y manipulación que encuentra la verdad en sus últimos momentos juntos».
Levantó el afilado instrumento, preparándose para demostrar exactamente lo frágiles que podían ser los lazos familiares cuando se veían puestos a prueba por el dolor real.
Mientras James se acercaba a Victoria con el instrumento brillando en la tenue luz, tanto la madre como la hija comprendieron que su enemigo de quince años estaba por fin listo para completar su campaña de venganza.
El almacén abandonado quedó en silencio, salvo por el sonido del agua goteando y su respiración entrecortada, mientras James Whitfield se preparaba para terminar lo que el encarcelamiento de su padre había comenzado dos décadas atrás.
James se acercó a Victoria, y la afilada hoja reflejaba la escasa luz que entraba por las ventanas rotas. El metal parecía frío y cruel en su mano firme.
«No», susurró Camille, con una voz apenas audible. «Por favor, no».
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