Exesposa desechada: Renaciendo de las cenizas - Capítulo 323
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Capítulo 323:
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Cayó la noche mientras Rose seguía planificando, llenando su cuaderno con detalles, contingencias y rutas de escape. La televisión zumbaba de fondo, y su rostro aparecía regularmente entre otras noticias. Una vez, mostraron una foto de ella cuando era adolescente, recién adoptada por la familia Lewis, de pie, incómoda, junto a una sonriente Camille.
Rose dejó de escribir y se quedó mirando aquella vieja imagen. Recordaba aquel día. Recordaba la confusión de haber sido acogida por una familia rica después de años en hogares de acogida. Recordaba los ansiosos intentos de Camille por entablar amistad, su disposición a compartirlo todo: su habitación, sus padres, su vida.
Lo que Camille nunca había entendido era que Rose no quería compartir. Quería tomar. Poseer por completo. Ser la única hija, el único centro de atención, la única que importaba.
Y ahora, tantos años después, nada había cambiado. Rose seguía queriendo todo lo que Camille tenía. Seguía ardiendo en su necesidad de quitárselo todo.
«Un último acto», susurró Rose, apartando la mirada de su yo más joven en la pantalla. «Un último empujón y no te quedará nada, querida hermana».
Volvió a su planificación, enumerando metódicamente lo que necesitaría para cada fase. Disfraces. Transporte. Armas. El momento sería crucial. La seguridad alrededor de Victoria y Alexander sería estricta tras el atentado. Tendría que ser paciente. Cuidadosa. Perfecta en su ejecución.
Las noticias pasaron a mostrar imágenes del Grand Plaza Hotel en ruinas, que aún ardía en algunos lugares a pesar de los días de esfuerzos para extinguir el fuego. Mostraron fotografías de las seis personas fallecidas en el atentado: una pareja de ancianos que había donado millones a organizaciones benéficas infantiles, un guardia de seguridad del hotel que había ayudado a evacuar a los huéspedes, un camarero que trabajaba en su primer turno y dos jóvenes que habían asistido a la gala como parte de su programa de la escuela de negocios.
Rose observó sus rostros aparecer en la pantalla sin emoción. No significaban nada para ella. Piezas sin sentido barridas del tablero durante su partida con Camille.
Ahora solo importaban dos piezas: Victoria Kane y Alexander Pierce. Si las eliminaba, Camille quedaría indefensa. Destrozada sin remedio.
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Rose cerró su cuaderno y se acercó de nuevo a la ventana, escudriñando el aparcamiento en busca de cualquier señal de la policía. Seguía despejado. Pero no podía quedarse allí mucho más tiempo. Era demasiado arriesgado, con su rostro en todas las pantallas y el FBI acercándose.
Recogió rápidamente sus pocas pertenencias, limpiando las superficies para eliminar cualquier huella dactilar. La persecución había complicado las cosas, pero no había cambiado su objetivo. En todo caso, la había hecho más decidida a terminar lo que había empezado. Que la persiguieran. Que pusieran su rostro en todas las televisiones, todos los periódicos, todas las pantallas de teléfonos de Estados Unidos. Para cuando la encontraran, ya sería demasiado tarde. Camille ya lo habría perdido todo.
Rose comprobó su disfraz por última vez en el espejo: pelo corto y negro, lentillas marrones, rostro sutilmente alterado con maquillaje de contorno. Apenas se reconocía a sí misma. Perfecto.
Al salir por la puerta del motel hacia la oscuridad, Rose sintió que la invadía una sensación de calma. La persecución la obligaría a actuar más rápido de lo previsto, pero quizá eso fuera mejor. No había tiempo para dudas. No había espacio para reconsideraciones.
Solo un último acto de destrucción dirigido al corazón del mundo de Camille. Y esta vez, Rose se aseguraría de que su hermana nunca volviera a resurgir de sus cenizas.
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