Exesposa desechada: Renaciendo de las cenizas - Capítulo 307
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Capítulo 307:
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Pero Rose no se había llevado lo más importante. Camille estaba viva. Alexander estaba vivo. Y Victoria…
Victoria también tenía que sobrevivir. Tenía que hacerlo.
La ambulancia dio un volantazo repentino, lanzándolos hacia un lado. Camille oyó al conductor maldecir y luego el chirrido de los frenos. Se habían detenido.
«¿Qué pasa?», preguntó.
Alexander se acercó al frente, habló brevemente con el conductor y luego regresó. Su expresión era sombría.
«Ha habido un accidente múltiple más adelante. Todos los carriles están bloqueados. Están buscando una ruta alternativa, pero nos va a retrasar».
«¿Y Victoria?», preguntó Camille con voz aterrada. «¿También está atrapada?».
«Su ambulancia se adelantó a nosotros. Ya debería haber llegado al hospital».
Camille sintió cómo un frío temor le envolvía el corazón. Cada minuto era importante dada la condición de Victoria. Cualquier retraso podía ser fatal.
—Tenemos que llegar —susurró—. Ahora mismo.
Alexander le apretó la mano. —Lo haremos. Te lo prometo.
Pero las promesas no bastaban. No cuando la vida de Victoria pendía de un hilo. No cuando la mujer que había salvado a Camille, que se había convertido en su madre, que le había enseñado a resurgir de las cenizas de su antigua vida, podía estar exhalando sus últimos suspiros sola en una habitación de hospital.
Camille cerró los ojos y suplicó en silencio a cualquier poder que pudiera escucharla.
Todavía no. Por favor, todavía no. No así. No por culpa de Rose.
La ambulancia finalmente volvió a ponerse en marcha, con las sirenas a todo volumen mientras se abría paso entre el caos de la ciudad. Pero a Camille le parecía que apenas avanzaban.
Y con cada segundo que pasaba, la distancia entre ella y Victoria parecía aumentar, un abismo que temía que se volviera permanente antes de que tuviera la oportunidad de cruzarlo por última vez.
Victoria Kane yacía en una camilla de hospital, con una máscara de oxígeno cubriendo su pálido rostro, mientras los médicos trabajaban frenéticamente a su alrededor. Su cuerpo, ya debilitado por el cáncer y el tratamiento, luchaba por procesar el humo que había inhalado y el shock que había sufrido.
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« «¡La presión arterial está bajando!», gritó una enfermera. «Los niveles de oxígeno están al 84 %».
«Administra otro miligramo de epinefrina», ordenó el médico. «Y tráeme su historial médico completo. ¡Ahora mismo!».
Victoria oía sus voces como si vinieran de muy lejos. Intentó hablar, preguntar por Camille, pero no le salía ningún sonido. Su cuerpo se sentía desconectado, flotando, alejándose del dolor y el ruido de la sala de urgencias.
En lo más profundo de su mente, Victoria sabía que esto podría ser el final. No la muerte digna y preparada que había planeado, sino una lucha caótica en una sala de urgencias, rodeada de extraños.
Le había dicho a Camille que habría tiempo. Tiempo para despedirse como es debido. Tiempo para las últimas instrucciones. Tiempo para un último momento juntos.
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