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Capítulo 113:
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La ternura de este gesto, que la protegía de sentirse manipulada cuando la manipulación había definido sus relaciones con Rose, con Stefan e incluso, en ocasiones, con Victoria, deshizo algo tenso y cauteloso en el pecho de Camille.
Se inclinó hacia delante y tomó el colgante de su palma. Sus dedos se rozaron, enviando calor por su brazo.
«Te protegió», dijo en voz baja. «Tal y como esperaba».
«Hizo más que eso», dijo Alexander en voz baja. «Me trajo de vuelta a ti». Camille levantó la vista y se encontró con su mirada. Todos los muros que Victoria la había ayudado a construir con tanto cuidado, el pensamiento estratégico, la distancia emocional, los movimientos calculados, se derrumbaron en ese momento. No porque fueran débiles, sino porque ella decidió derribarlos. Por él. Solo por él.
Levantó la mano para tocarle la cara, recorriendo con los dedos la línea de su mandíbula. —Alexander…
Él cubrió su mano con la suya y giró la cara para besarle la palma.
El gesto fue tan tierno, tan sincero, que Camille sintió que las lágrimas amenazaban con brotar.
«Pensé que nunca volvería a sentir esto», susurró ella. «Después de Rose y Stefan… Pensé que esa parte de mí había muerto».
«Nada muere por completo», murmuró Alexander. «No cuando las raíces son fuertes».
Se inclinó hacia delante lentamente, dándole tiempo para apartarse. Pero Camille ya no quería distancia. Cerró el último espacio que los separaba y sus labios se encontraron con los de él.
El beso no se parecía en nada a los momentos tentativos y cautelosos que habían compartido antes. Era como volver a casa, a un lugar que no sabía que echaba de menos. Sus brazos la rodearon, atrayéndola hacia él a pesar de las incómodas limitaciones del coche. Sus manos se deslizaron hasta sus hombros, sintiendo la fuerza que había allí, el sutil temblor que le indicaba que él estaba tan afectado como ella.
Cuando finalmente se separaron, Camille mantuvo los ojos cerrados, saboreando el momento. La frente de Alexander descansaba contra la de ella, sus respiraciones se mezclaban.
—He querido hacer eso desde que te vi entrar en esa gala benéfica —admitió él con voz ronca.
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Camille sonrió y abrió los ojos para mirarlo. —¿Solo desde entonces?
Su sonrisa de respuesta tenía un toque de ingenuidad que ella nunca había visto antes. «Bueno, quizá desde hace más tiempo. Pero intento no parecer obsesivo».
Ella se rió, una risa auténtica que la sorprendió por su libertad. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se había reído sin cálculo ni estrategia?
Los ojos de Alexander se oscurecieron mientras la observaba, con una expresión casi reverente. «Eres extraordinaria, Camille. No por el entrenamiento de Victoria, ni por tu venganza, ni siquiera por tu éxito. Por quién eres debajo de todo eso, la mujer con tanta compasión que podría cambiar la vida de un extraño para siempre con simple amabilidad».
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