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Capítulo 359:
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A un lado, Rylee sintió cómo se le hacía un nudo en el pecho. La trampa que había tendido con tanto cuidado para humillar a Melanie le había salido por la culata por completo. Al final, había sido Lola quien había acabado siendo el hazmerreír de todos.
Tras disculparse, Lola no tuvo valor para quedarse. La humillación era demasiado grande. Se dio la vuelta para marcharse, pero Daniel se interpuso en su camino antes de que pudiera escapar. Con el teléfono aún pegado a la oreja, sonrió levemente. «No tan rápido. Tu padre todavía tiene algo que decirte».
La compostura de Lola se desmoronó. «Papá… Ya me he disculpado».
Nadie de los que estaban cerca podía entender la conversación, pero las lágrimas llenaron poco a poco los ojos de Lola. Se mordió el labio antes de responder en voz baja: «Lo entiendo. Me voy ahora mismo».
En cuanto empezó a caminar, Joyce corrió tras ella y la agarró del brazo. «Lola, ¿adónde vas? La gala ni siquiera ha empezado».
Lola se soltó el brazo con delicadeza antes de mirar a Melanie con los ojos llenos de lágrimas. «Esta noche he cometido un error, señorita Perry. Por favor, perdóneme».
Melanie se limitó a asentir. «Cuídate».
Lola salió apresuradamente del salón de banquetes.
La sala quedó sumida en un silencio absoluto. Todos los que habían presenciado el enfrentamiento se quedaron callados. Tras ver lo que le había pasado a Lola, nadie se atrevió a pronunciar otra palabra irrespetuosa sobre Melanie.
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Daniel no prestó la más mínima atención a la multitud. Se volvió hacia Melanie, con una expresión más apacible. «¿Todavía te apetece quedarte? Si prefieres irte, te llevaré a casa».
Ella negó con la cabeza. «Estoy bien. No ha sido para tanto».
Daniel esbozó una leve sonrisa. «Bien. Entonces ven a sentarte conmigo en la mesa de honor. Ya es hora de que todos sepan exactamente quién eres».
Caminó con Melanie hacia la mesa más cercana al escenario. Al pasar junto a Rylee, Melanie ni una sola vez miró en su dirección.
Para Rylee, esa total indiferencia le dolió mucho más que cualquier insulto directo.
Cuando llegaron a la mesa de honor, Melanie encontró una tarjeta con su nombre. Junto a ella había una nota manuscrita de los organizadores, agradeciéndole su asistencia.
Daniel le apartó la silla antes de colocar un pequeño postre delante de ella. «Deberías comer algo primero. Apenas has probado nada en toda la noche».
«Oh, Daniel, no soy una niña pequeña», dijo Melanie.
«Para mí siempre lo serás». Le puso un tenedor en la mano antes de hacerle una señal a un camarero para que le cambiara el vino por un vaso de zumo. «Esta noche nada de beber. Ver a los Becker ya me ha arruinado el humor. El alcohol solo lo empeorará».
Melanie apretó los dedos alrededor del tenedor. Una sensación cálida se extendió silenciosamente por su pecho, mezclada con un toque de amargura que le hizo arder los ojos.
Daniel se ajustó la pajarita, con la ira bullendo en su interior. «Si esto no fuera un acto formal, habría hecho llorar a Lola y habría hecho que Joyce se arrepintiera de haber abierto la boca».
La cálida sonrisa de Melanie suavizó su expresión. «Olvídate de ellas. No merecen que te enfades por ellas».
Aun así, Daniel no podía quitarse de encima su frustración. «Esto ha pasado por mi culpa».
Melanie levantó la vista del plato. «¿Por qué te culpas a ti mismo otra vez?».
Daniel apretó los labios, sin rastro alguno de su habitual alegría. «Si hubiéramos revelado tu identidad antes, nadie se habría atrevido a tratarte así».
El tenedor de Melanie se detuvo a medio camino de su boca.
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