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Capítulo 768:
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«No estoy intentando lavarme las manos», dijo, su voz bajando a un gruñido peligroso y vibrante.
Dio un paso lento hacia ella. Su enorme figura dominó al instante el espacio diminuto, absorbiendo el oxígeno de la sala.
Cada instinto de Isolde le gritó que retrocediera. Su orgullo le clavó los zapatos al suelo. Levantó la barbilla y se mantuvo firme.
Grayson se detuvo tan cerca que ella podía sentir el calor irradiando de su pecho.
«Lo hice para cortar la única debilidad que podías usar para desangrarme», siseó, inclinándose hasta que su rostro quedó a centímetros del de ella. Su respiración era áspera y entrecortada. «Mientras yo tuviera Nexus Core, jamás dejarías de cazarme. Demandarías, filtrarías, destrozarías a mi familia pieza por pieza. Ahora tienes tu imperio. Belle está a salvo de la prisión federal. Ya no tenemos absolutamente nada por lo que pelear.»
Sonaba como un hombre que se hubiera arrancado el propio corazón simplemente para demostrar que ya no podía ser usado en su contra.
Isolde escuchó su lógica retorcida y paranoica. Una oleada de náusea pura la recorrió.
Soltó una carcajada afilada y cruel que rebotó contra las paredes metálicas.
«¿Quemaste diez mil millones de dólares solo para comprar de vuelta tu patética ilusión de control?» se burló.
Levantó la mano y clavó el índice con fuerza en el centro de su pecho.
«Estás equivocado, Grayson», dijo, su voz resonando con una certeza letal. «Esto no es el final. Es solo el momento en que por fin te das cuenta de que te estás ahogando en el lodo.»
La mano de Grayson se disparó hacia arriba. Le aferró la muñeca.
Su agarre fue brutal, desesperado y ardiente. Luego, en el instante en que su piel tocó la de ella, jaló la mano de vuelta como si su piel fuera ácido hirviendo. Retrocedió un paso, con el pecho agitado. La miró una última vez. No había odio en sus ojos — solo un vasto y aterrador páramo de nada.
Se agachó, agarró el pesado asa metálica del servidor cuántico y lo arrancó del rack.
Empujó su hombro contra la puerta pesada, la abrió y salió al pasillo iluminado sin mirar atrás.
Isolde se quedó sola en la sala fría y bañada de luz azul.
Se frotó la muñeca enrojecida. Su corazón latía tan rápido que le dolían las costillas.
El Grayson Lancaster que solía calcular cada movimiento financiero con frialdad precisa había desaparecido. El hombre que acababa de salir por esa puerta era una fuerza acorralada e impredecible que ya no tenía nada que perder.
Y la guerra estaba lejos de terminar.
Tres días después, el enorme lobby de la planta baja del edificio Nexus Core había sido transformado en un teatro deslumbrante de poder corporativo.
Filas de cámaras del Wall Street Journal, Bloomberg y CNBC apuntaban al escenario principal. La sala zumbaba con la energía frenética y hambrienta de la élite financiera de Nueva York, todos esperando el anuncio oficial de la adquisición tecnológica más grande del siglo.
Dentro del salón VIP de preparación, Isolde estaba completamente inmóvil.
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