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Capítulo 564:
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Isolde estaba sentada en un banco acolchado en el pasillo, con un elegante portátil plateado apoyado sobre las rodillas. Sus dedos se movían por el teclado con una precisión firme y rítmica. A pesar de su compostura, un leve temblor le recorría las manos, un vestigio residual de la dura prueba de los últimos días. Parecía completamente en paz.
Una oleada de puro odio le quemó el estómago a Belle. Se la tragó. Tenía que tragarse su orgullo. Tenía que sobrevivir.
Se acercó y forzó las comisuras de la boca en una temblorosa aproximación a una sonrisa.
—Isolde —dijo Belle en voz baja—. ¿Podemos hablar?
Isolde no dejó de teclear. No parpadeó. Sus ojos permanecieron fijos en la pantalla.
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—Mi abogado está abajo, en la cafetería —dijo Isolde, con voz monótona y totalmente carente de calidez—. Puedes hablar con él.
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Belle sintió que le fallaban las rodillas. Se agachó lentamente, poniéndose a la altura de los ojos de Isolde: una postura de mendiga, una sumisión física que nunca en su vida había adoptado por voluntad propia.
«Por favor, no hagas esto», susurró Belle, con la voz quebrada justo en el momento oportuno. «Solíamos ser familia. Si retiras los cargos contra mi madre, puedo hablar con Grayson. Puedo asegurarme de que aumente tu pensión alimenticia. Lo que quieras».
El tecleo se detuvo.
Isolde cerró el portátil. El suave clic de la carcasa metálica sonó como un martillo de juez.
Miró a Belle por primera vez. Sus ojos eran como fragmentos de cristal oscuro.
«¿De verdad crees que me importa su dinero?», dijo Isolde.
Se puso de pie. El movimiento obligó a Belle a levantarla la vista desde el suelo.
«Has malinterpretado la situación por completo, Belle», dijo Isolde, mirando a la mujer agachada ante ella. «No quiero ni un solo céntimo. Quiero que tu madre pase las cuarenta y ocho horas completas en esa celda de detención. Quiero que sienta el frío del hormigón. Quiero que experimente lo que significa gritar pidiendo ayuda y que nadie responda».
A Belle se le fue todo el color de la cara. Abrió los labios.
—Eso es venganza justiciera —logró articular con voz entrecortada.
—No —dijo Isolde en voz baja—. Eso es justicia legal.
Metió la mano en el bolsillo de sus pantalones blancos y sacó una pequeña memoria USB negra. La levantó, dejando que reflejara la cruda luz del hospital, y la giró lentamente entre sus dedos.
—En cuanto a tu empresa —continuó Isolde—, buena suerte.
Belle se quedó mirando el pequeño trozo de plástico. Se le oprimió el pecho. ¿Lo sabía? ¿Cómo era posible que lo supiera? ¿Era un farol calculado o es que Isolde realmente tenía los registros financieros sin censurar? La paranoia echó raíces y se extendió rápidamente, fría y devoradora.
Isolde le dio la espalda a Belle, abrió la puerta de la habitación de su tío y entró.
La pesada puerta se cerró con un clic.
Belle se quedó sola en el pasillo vacío. El silencio era ensordecedor. No le quedaban opciones: estaba acorralada contra un precipicio sin nada debajo de ella. Le temblaban las manos mientras sacaba el teléfono del bolso y buscaba el nombre de Grayson.
Él era su último salvavidas.
Pulsó el botón de marcar. El teléfono sonó durante mucho tiempo. El corazón de Belle le golpeaba las costillas con cada tono.
Por fin, se conectó la llamada.
—Estoy en una reunión —dijo Grayson. Su voz era un muro de hielo sólido—. Si se trata de tu madre, no hables.
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