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Capítulo 233:
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Isolde se sobresaltó. Solo unas pocas personas tenían ese número. Supuso que era Arland llamando por las repercusiones de relaciones públicas. El teléfono fijo —un viejo elemento del apartamento al que se había mudado tras abandonar la finca— simplemente nunca se había desconectado. Una reliquia de una época menos cautelosa, ahora se sentía como una vulnerabilidad.
Descolgó el auricular. «¿Hola?».
«¡Papá!».
La voz al otro lado era fuerte, aguda y vibraba de emoción.
Isolde se quedó paralizada. Sus pulmones dejaron de aspirar aire.
«¿A Belle le gustó mi tarjeta?», gritó Kaiden por el teléfono. «¿Lloró?».
Isolde se quedó mirando la pared. Pasó un segundo entero de silencio.
—Kaiden —dijo ella. Su voz era completamente monótona—. Soy yo.
La emoción al otro lado se desvaneció, sustituida al instante por una espesa capa de desprecio.
—¿Por qué contestas? —exigió Kaiden—. Quiero a mi papá. Pásale el teléfono.
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Isolde apretó el auricular. —Está ocupado. Puedes llamarle al móvil.
Kaiden soltó una fuerte y burlona resoplada. «Belle dice que estás celosa. Dice que estás llorando porque le hice un dibujo a ella y a ti no te hice nada».
Un dolor agudo y fantasmal atravesó el centro del pecho de Isolde: un breve y desagradable recordatorio de que antes amaba a ese chico.
Se lo tragó. Lo enterró.
«No estoy celosa», dijo Isolde, bajando la voz hasta convertirla en un susurro. «Porque tengo a Effie».
«¡Effie es una tonta!», gritó Kaiden, y el sonido resonó dolorosamente en su oído. «¡Belle dice que ni siquiera entrará en la universidad!».
Los nudillos de Isolde se pusieron blancos como el hueso. Su visión se redujo a un túnel.
«Kaiden», dijo Isolde, con un tono letal. «Pásale el teléfono al mayordomo que está a tu lado».
«¡No!», chilló Kaiden. «¡Eres una bruja malvada! ¡Te vamos a echar! ¡Igual que echamos a esa vieja niñera!».
Se oyó un crujido en la línea. Un breve forcejeo.
Entonces, una nueva voz salió por el altavoz, rebosante de dulzura artificial.
«Kaiden, cariño, ¿con quién estás hablando?», arrulló Belle. «Oh, Dios mío. ¿Has marcado el número equivocado?».
La respiración de Belle se acercó al micrófono.
«¿Isolde?». La dulzura se desvaneció, dejando solo un tono agudo y burlón. «Lo siento mucho. Es que Kaiden echa mucho de menos a Grayson hoy. Feliz… oh, espera. Se me había olvidado. Hoy vas a pasar el día sola, ¿verdad?»
Isolde se quedó mirando el reloj digital del horno. Los números se le veían ligeramente borrosos.
«Disfruta de tu actuación, Belle», dijo Isolde. Su voz era gélida. «Espero de verdad que tu hijo crezca y vea exactamente qué clase de persona eres».
Colgó el auricular de un golpe. El plástico crujió al golpear la base.
Le temblaba la mano, no por la ira, sino por una profunda y sofocante lástima por el niño en el que se estaba convirtiendo Kaiden.
Se dio la vuelta.
Effie estaba de pie en la puerta de la cocina, con su desgastado osito de peluche bajo un brazo. En la otra mano sostenía un trozo de cartulina rosa, doblado torpemente con forma de tulipán.
Effie se acercó y lo levantó.
«Mamá», dijo, con sus grandes ojos muy abiertos y llenos de sinceridad. «Feliz Día de la Madre. Te quiero más que a todo el mundo».
El dique se rompió.
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