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Capítulo 722:
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Hasta ahora.
Esta vez, veinticuatro se convirtieron en treinta y seis, con Daemonikai aún salvaje.
A cuarenta y ocho.
Luego a setenta y dos.
Tres días insoportables, y el gran rey de Urai seguía encadenado, seguía perdido. Un frío terror invadió a Vladya mientras se quedaba de pie detrás de la ventana al cuarto día, observando a la bestia sentada en silencio en un rincón, vigilante pero agotada, con los ojos aún sin reconocerlo.
«¿Está completamente salvaje ahora?», se preguntó Vladya.
«¿Lo hemos vuelto a perder por la locura, y esta vez no hay vuelta atrás?».
PRINCESA EMERIEL
Emeriel se despertó con un peso en el pecho que no tenía nada que ver con la pesadez del embarazo. Se estiró para aliviar el dolor en la parte baja de la espalda y suspiró. A los cinco meses, su cuerpo comenzaba a sentir el esfuerzo de verdad. Sin embargo, no era su cuerpo lo que la preocupaba esa mañana.
Tenía un mal presentimiento.
La mañana transcurrió, los sirvientes llegaron para ayudarla a bañarse y vestirse, pero la sensación no desapareció. Se dijo a sí misma que no era nada. No era raro que Daemonikai se retrasara. Sus obligaciones a menudo le llevaban más tiempo del previsto. Pero la sensación persistía.
Intentó distraerse. Leyendo en la biblioteca, cuidando el jardín, paseando por las plantaciones. Ni siquiera el tiempo que pasaba con Aekeira le proporcionaba alivio. Al final, se rindió por completo y se dirigió a Blackstone para enfrentarse al gran lord Vladya.
Dudó un momento antes de llamar a la puerta de su estudio.
—Adelante —dijo una voz grave y familiar.
Emeriel entró y encontró al gran lord detrás de su escritorio, con los ojos entrecerrados sobre el pergamino que tenía en las manos. El ceño fruncido se suavizó ligeramente cuando la vio.
—Emeriel. —Dejó a un lado el pergamino y se levantó con elegancia.
—Por favor, pasa. —Se acercó a ella y la ayudó a sentarse en uno de los cojines.
Ella se sonrojó ligeramente.
—Gracias, mi señor.
—¿Va todo bien?
—Sí, sí, todo va bien. Es solo que… —Se aclaró la garganta y se alisó la tela que le tensaba el vientre.
—No sé nada de Daemon desde hace días. Estoy… preocupada.
—No hay por qué preocuparse —dijo él tras una pausa—.
Ya sabes cómo son sus obligaciones. No sería la primera vez que lo retienen lejos de la Ciudadela durante mucho tiempo. No hay nada de qué preocuparse.
—Lo sé, me lo repito a mí misma. —Se movía inquieta—.
—Es solo que… me dijo que sería un viaje corto. Un día, quizá dos. Y cuando hay retrasos, suele avisar. No siempre, pero sí bastante a menudo. —Bajó la voz—.
Tengo un mal presentimiento. —Levantó la vista hacia él—.
Estoy segura de que está bien. Es solo que… necesito saber de él.
Lord Vladya bajó la mirada y tensó sutilmente los hombros. Era una reacción imperceptible, pero Emeriel sabía desde hacía tiempo que, en él, incluso los movimientos más pequeños lo decían todo.
Se enderezó un poco.
—Sabes algo, ¿verdad?
Él se agachó ante ella hasta quedar a la altura de sus ojos.
—Solo que se ha retrasado. Tendrás noticias suyas pronto. No te preocupes. Está bien.
Antes de que ella pudiera insistir, la puerta se abrió de golpe.
—Me preocupa mucho que siga teniendo esos episodios salvajes. Daemon está… —Lord Ottai se detuvo en seco al verla. La alarma se encendió en sus ojos.
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