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Capítulo 104:
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Ese momento no duró mucho antes de que empezara a atiborrarme de comida. La comida sabía a gloria en comparación con la basura que nos daban en el orfanato, y mi estómago voraz gruñó aún más.
Había una comida bien preparada, fruta, verdura, leche, vino, filete… lo que se te ocurra. Tenían de todo en aquella cocina.
«¿Quién eres?».
Se me cayó una de las manzanas a medio comer que tenía en la mano y me quedé paralizada. Me giré lentamente y me encontré cara a cara con un chico de pelo rizado en una silla de ruedas. Si no era de mi edad, sería uno o dos años mayor que yo.
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A pesar de tener la boca llena hasta los topes, logré esbozar una sonrisa y levanté torpemente la mano en el aire. «Hola», murmuré.
El chico se limitó a mirarme fijamente; luego, su mirada se posó en la manzana que tenía en la mano. Avergonzada, escondí la manzana a mi espalda, con la mirada fija en las ruedas de su silla de ruedas.
«Te lo prometo y te lo juro. No estoy…», empecé a decir, pero me interrumpió el movimiento de su silla. Al principio, se me encogió el corazón por el miedo hasta que pasó junto a mí.
¿Qué está haciendo? me pregunté cuando me volví hacia él y lo vi abriendo la nevera. Cogió un cartón de leche, luego se dirigió en silla de ruedas hasta la encimera situada en medio de la amplia cocina y cogió un vaso de cristal muy elegante. Vertió la leche en el vaso hasta que rebosó. A continuación, abrió un armario y sacó otro plato de comida preparada.
Mientras lo observaba, me sorprendía lo mucho que era capaz de hacer a pesar de estar en silla de ruedas.
Los colocó sobre la encimera y luego señaló con un gesto el asiento que había justo delante del vaso de leche y la comida. «Siéntate y come más», me pidió con tanta dulzura que casi parecía que me estaba suplicando que comiera.
«No soy una ladrona», balbuceé antes de aceptar su oferta y devorar la comida. Tenía muchas ganas de negarme, pero seguía teniendo hambre y había muy pocas posibilidades de que cenara esa noche.
Mientras comía, él me vigilaba. Cuando terminé, se ofreció a recoger los platos y me pidió que me marchara antes de que alguien se percatara de que estaba en la villa.
Ese día fue el día en que mi vida cambió. Cuando volví al orfanato, estaba tan saciada que me dejé caer en la cama y ronqué hasta después de la cena. Cuando me desperté, solo podía pensar en él y en la deliciosa variedad de comida que había en su cocina.
Poco a poco, empecé a colarme allí cada vez que tenía hambre. Me dijo que llamara a la puerta, y eso era todo lo que tenía que hacer. Él venía a abrirme la puerta, y yo comía hasta saciarme. A veces incluso me llevaba alguna fruta o verdura.
Más tarde, empecé a ir allí incluso cuando no tenía hambre. Simplemente me sentía atraída por él. Parecía que disfrutábamos de la compañía del otro. Intercambiamos nombres; el suyo era Lucas. Entonces descubrí que en realidad podía caminar porque un día, mientras jugábamos al escondite, empecé a llorar y a gritar su nombre al encontrar su silla vacía; pero entonces sentí un golpecito en el hombro y, al girarme, vi a Lucas detrás de mí.
Casi siempre estaba en su silla de ruedas porque se ponía enfermo constantemente y se lesionaba con facilidad.
Obviamente, la familia de Lucas era rica. Pero sus padres nunca estaban por allí. Tenía dos amables sirvientes y le proporcionaban todo lo que quería y necesitaba. Solía sentirse muy solo hasta que me colé en su cocina. Teníamos una hora acordada para vernos y, antes de que yo llegara, él hacía que sus sirvientes prepararan mi plato favorito —que por aquel entonces era cualquier comida rica— y él mismo me preparaba todo tipo de golosinas.
Me sentía como si estuviera viviendo un sueño. Tenía un techo sobre mi cabeza, comida más que suficiente y un amigo como cualquier niño desearía tener. Lucas era paciente, inteligente y amable. A pesar de su estado de salud, siempre parecía feliz. Me enseñó muchas cosas. Aprendí a jugar al ajedrez con él, y me enseñó a tocar el piano. A menudo me llevaba a su biblioteca privada, donde pasábamos horas leyendo y hablando de libros y de cosas que me hacían sentir inteligente, como Lucas. Entonces se dio cuenta de que me interesaban más los libros sobre diseño, sobre todo de joyería.
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