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Capítulo 1796:
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Belinda se sentía cada vez más fría y distante. Cada vez que ocurría algo así, su instinto era cuestionarlo; tenía que haber algo más de lo que se veía a simple vista.
Aun así, independientemente de si Sarai había tenido algo que ver o no, una cosa estaba clara: Kenia estaba sana y salva, y solo por eso, Belinda se sentía sinceramente agradecida.
A pesar de las dudas que le rondaban por la cabeza, no dejó que se le notara ni una pizca de sospecha en el rostro.
Kenia se acercó y agarró la mano de Belinda, con el rostro aún ensombrecido por el miedo persistente. «¡Belinda, fue Sarai quien nos rescató! Si no fuera por ella, Margie y yo… quizá no lo hubiéramos conseguido».
La tensión de Belinda se había aliviado considerablemente al saber que Kenia estaba ilesa.
Ahora los papeles se habían invertido: ella era la que ofrecía consuelo a Kenia. «Ya está todo bien, abuela. No te preocupes. Con los médicos aquí, Sarai se pondrá bien. »
«Sí, sí. Con los médicos aquí, Sarai se recuperará sin duda», dijo Kenia, asintiendo una y otra vez como para tranquilizarse a sí misma. Belinda dirigió la mirada a Margie. «Margie, ¿habías visto antes a ese ladrón por la zona?».
Margie negó con la cabeza con certeza. «Nunca. Y su comportamiento era extraño, parecía borracho o completamente aturdido».
Belinda entrecerró ligeramente los ojos mientras reflexionaba sobre ello. «Así que el hombre fingía ser un guardia de seguridad. Pero ¿de dónde sacó el uniforme?».
A ningún guardia de seguridad en ese estado se le permitiría presentarse a trabajar.
Es más, dada la posición social de los residentes de allí, en su mayoría ricos o poderosos, conseguir un puesto de seguridad allí no era tarea fácil. Las comprobaciones de antecedentes eran estrictas y solo aquellos con un historial impecable podían conseguirlo. Un hombre como ese no tendría ninguna posibilidad.
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Por lo tanto, debía de estar fingiendo ser guardia de seguridad allí. Aun así, la administración de la propiedad tenía una responsabilidad innegable, quizás incluso total, por este descuido.
La idea de que un delincuente pudiera colarse en un lugar tan vigilado era nada menos que impactante. Si no se podía garantizar la seguridad dentro del recinto, ¿quién en su sano juicio elegiría vivir allí?
Belinda, Kenia y Margie esperaban en silencio fuera del quirófano a que terminara la operación de Sarai.
Pasó el tiempo, nadie sabía cuánto, hasta que por fin se abrieron las puertas del quirófano y salió el médico. Kenia se levantó de un salto del banco y se apresuró a acercarse. «Doctor, ¿cómo está?».
«Afortunadamente, la hoja no le alcanzó el corazón por unos centímetros», respondió el médico. «Sin embargo, aún no está fuera de peligro. Tendrá que permanecer en la UCI bajo estrecha observación durante unos días. Si no surgen complicaciones, podrá pasar a una sala normal».
«Gracias, doctor», dijo Kenia con un gesto de asentimiento.
Pero su corazón seguía apesadumbrado.
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