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Capítulo 1749:
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Después de terminar su trabajo matutino, Belinda condujo hasta un restaurante cercano al hospital para reunirse con Carola, tal y como habían acordado.
Carola ya estaba en el comedor privado cuando llegó.
«¡Belinda, ya estás aquí!», la saludó Carola con una cálida sonrisa.
«Carola», respondió Belinda, devolviéndole la sonrisa con un gesto de asentimiento.
Una vez sentadas, Belinda le preguntó: «¿Cómo va la lesión del cuello?».
Carola se tocó el vendaje que le rodeaba el cuello. «Mucho mejor».
«Qué alivio», dijo Belinda con sinceridad.
«Toma, echa un vistazo al menú», dijo Carola, pasándoselo.
Belinda lo aceptó y rápidamente pidió dos platos.
Después de hacer el pedido, Carola dejó el menú a un lado y fijó su mirada en Belinda, con una expresión llena de gratitud. «Belinda, sé que ya te lo he dicho antes, pero tengo que darte las gracias otra vez. Me has salvado la vida».
Sus palabras no eran exageradas.
Si aquellos criminales la hubieran secuestrado aquel día, ¿quién sabe lo que le habrían hecho?
Esas personas eran fugitivos, buscados en todo el país, y su crueldad era tan extrema que probablemente la habrían matado, se pagara o no el rescate. Sus posibilidades de sobrevivir habrían sido mínimas si la hubieran secuestrado.
Incluso si de alguna manera hubiera escapado de la muerte, podría haber sufrido torturas o violaciones indescriptibles, lo que la habría dejado con una angustia implacable y cicatrices que nunca desaparecerían.
Una existencia así sería peor que la muerte.
Pensar en todo eso le provocaba escalofríos.
Belinda la miró a los ojos, asintiendo con calidez y haciendo una broma desenfadada. «Bueno, aceptaré tu agradecimiento. Si alguna vez me meto en problemas y necesito tu ayuda, no debes negártela».
«¡Nunca, lo prometo!», respondió Carola con firmeza, aunque en el fondo sabía que las palabras de Belinda solo tenían por objeto aliviar su carga.
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Con Lucas a su lado, ¿por qué iba Belinda a necesitar su ayuda?
Una reconfortante calidez floreció en el pecho de Carola, pero rápidamente se vio ensombrecida por un agudo dolor cuando la imagen de Kylee apareció en su mente.
Su propia hija la había empujado hacia esos ladrones, abandonándola a un destino aterrador.
Sin embargo, Belinda, la hija ilegítima de su marido, había arriesgado su vida, no una, sino dos veces, para sacarla del peligro.
La amarga ironía de todo ello le retorció el corazón.
Al pensar en ello, Carola no pudo evitar soltar una risa burlona.
Su sonrisa se tiñó de tristeza y sus ojos se enrojecían ligeramente.
Belinda se dio cuenta. «Oye, ¿qué te pasa?», preguntó con voz suave y preocupada.
La sonrisa de Carola tenía un toque amargo cuando habló. «Nada digno de mención, en realidad. Solo estaba pensando en Kylee».
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