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Capítulo 1095:
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¿Cómo era posible?
¿Cómo era posible que Belinda no se hubiera contagiado?
Una ola de decepción aplastante invadió a Verena.
No era solo decepción, también sentía furia.
¡Maldita sea! ¿Por qué Belinda tenía tanta suerte?
Después de todo, ¿cómo había logrado escapar del desastre una vez más?
¡El destino era demasiado generoso con ella!
El rostro de Verena se ensombreció, y la fachada de preocupación fingida se desmoronó al dejar entrever sus verdaderos sentimientos.
Pero Belinda aún no había terminado. Su sonrisa se hizo más amplia y su voz se volvió melosa al asestar el golpe final. —Ah, y una cosa más: tengo noticias aún mejores para ti. Hizo una pausa lo suficiente para asegurarse de que Verena estaba pendiente de cada una de sus palabras. —Lucas y yo… ahora estamos juntos.
Al oír esas palabras, Verena sintió que algo se rompía dentro de ella.
Su corazón hervía de resentimiento.
¿Por qué? ¿Por qué la vida era tan injusta con ella?
Había hecho todo lo que estaba en su mano para orquestar la caída de Belinda y, sin embargo, ahí estaba Belinda, ilesa y victoriosa.
Verena apretó los puños con fuerza, clavándose las uñas en las palmas.
Pero antes de que Verena pudiera decir nada, la expresión de Belinda cambió y se volvió fría.
Bajó la voz y sus palabras contenían una amenaza silenciosa pero inequívoca. —Verena, déjame dejar esto muy claro: Lucas es mío ahora. Aléjate de él. Si no lo haces, no dudaré en darte una lección.
Con una mirada de puro desprecio, añadió: «¡Ahora, coge tus cosas y vete!».
Antes de que Verena pudiera replicar, Belinda se dio media vuelta y desapareció en la habitación del hospital, cerrando la puerta tras de sí con determinación.
Verena miró con ira la puerta cerrada, con el pecho agitado por la furia reprimida. Solo cuando volvió tambaleándose a su coche se dio cuenta de lo entumecida que estaba.
Se hundió en el asiento del conductor, inhaló profundamente y, con las manos temblorosas, buscó su segundo teléfono y marcó un número.
—Hola —respondió una voz femenina al otro lado de la línea.
Verena apretó la mandíbula. —Belinda… no está infectada con el VIH.
—¿Qué? —La voz de Kylee cambió al instante, adoptando un tono agudo e incrédulo.
Verena apretó los dientes. —Lo acabo de ver con mis propios ojos. Ella misma lo ha dicho: manipularon su análisis de sangre inicial. Nunca ha estado infectada. —Sus palabras rezumaban un resentimiento apenas disimulado.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea.
Kylee se quedó inmóvil en el coche, con las manos temblorosas. Y entonces, sin previo aviso, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
Después de lo que le pareció una eternidad, bajó la mirada hacia el papel que apretaba entre las manos: los resultados de su propio análisis de sangre. Acababan de llegar del hospital. En la columna del estado del VIH, una sola palabra la miraba fijamente…
¡Era positivo!
Kylee había dado positivo en el VIH.
El corazón le latía con fuerza en el pecho y respiraba de forma irregular. Una ola de desesperación sofocante la invadió, amenazando con arrastrarla a un abismo. Hace solo unos momentos, se había aferrado a un único consuelo: que, aunque estaba condenada, al menos había arrastrado a Belinda con ella.
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