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Capítulo 70:
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Al llegar allí juntos, sentía que arribaba a mi hogar. Una vez que estuve de pie, retrocedió y me examinó detenidamente para cerciorarse de que yo estaba bien y podía sostenerme en pie sin dificultad.
Sin embargo, yo estaba más interesada en su bienestar que en el mío.
Advertí entonces una expresión extraña en su rostro; apretaba los dientes como si estuviera haciendo un esfuerzo por reprimirla.
Pero había algo más en él que yo no acertaba a definir; aquello me hizo temblar de ansiedad.
Un aura salvaje parecía rodearlo, como si una bestia de otro mundo se estuviera apoderando de él e intentara desesperadamente contenerla.
«Marco… ¿estás bien?», le pregunté nerviosamente.
«¡Estoy bien!», gruñó.
Respiró nerviosamente unas cuantas veces mientras se esforzaba por calmarse.
La sangre se heló en mis venas.
Me preguntaba qué era lo que le estaba sucediendo.
«¡Ve a tu habitación ahora mismo!», me ordenó.
Su tono imperioso dejaba en claro que se trataba de una orden, no de una simple sugerencia, pero me rehusé a dejarlo en aquel estado de agitación.
Preocupada, avancé hacia él con la esperanza de tranquilizarlo, pero me apartó bruscamente, como si tratara de mantenerme alejada de él porque sabía que algo violento estaba a punto de suceder y no quería que saliera lastimada.
«Pero no quiero alejarme de ti mientras estés en ese estado. Dime qué te está sucediendo», declaré en tono de preocupación.
«¡He dicho que estoy bien!», tronó.
Retrocedí un poco, sobresaltada por la repentina agresividad que manifestaba hacia mí.
Veía cómo luchaba por conservar la serenidad.
«¡Solo ve a tu habitación!», bramó; al parecer, le resultaba difícil articular las palabras.
«Es la última vez que te lo pido.
Cierra la puerta de tu habitación con seguro y no se te ocurra salir antes del amanecer», me advirtió con firmeza.
No osé negarme a obedecer, así que me precipité hacia mi alcoba. Intenté disponiéndome a dormir a pesar de que estaba muy preocupada por él.
Me sequé el cabello con una toalla y luego me puse un camisón, dejándome el anillo de bodas y el collar de rubíes puestos, como acostumbraba a hacerlo cuando me acostaba a dormir.
Me preguntaba si aquella intensa preocupación que me agobiaba me permitiría conciliar el sueño.
De repente, un espantoso aullido rompió el silencio de la noche.
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