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Capítulo 217:
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A la mañana siguiente, mientras me ponía mi camisa, la llamé con la intención de despertarla. Sin embargo, no me respondía.
«¡Levántate, Claire! Es hora de ir al colegio», la insté.
Por lo general, se despertaba por sí sola. En raras ocasiones tenía que llamarla suavemente, pues tenía el sueño ligero. Sin embargo, esta vez no reaccionaba, así que comencé a inquietarme. Decidí entrar en su habitación. Al ver que yacía inmóvil en su cama, la apremié: «Vamos, Claire, deja de remolonear. Ya es hora de que…».
Me quedé petrificada al constatar que ni siquiera estaba despierta. La sacudí con suavidad, pues pensaba que solo estaba un poco cansada, pero no reaccionó.
«¡Despierta, Claire! ¡Te lo ruego!», exclamé.
Puesto que, a pesar de mis esfuerzos por despertarla, continuaba inmóvil, sin emitir el menor sonido, el pánico se apoderó de mí y comencé a temer lo peor.
Punto de vista de Tanya
Me angustiaba mucho el hecho de que mi hija no despertara. A pesar de mis esfuerzos por hacerla reaccionar, aún no mostraba signos de conciencia. Corrí a toda velocidad en busca de Marco, pues sin duda me ayudaría.
Pronto estuve segura de que sus sentidos licanos habían olfateado mi pavor, pues de repente su puerta se abrió, antes de que yo hubiera tenido tiempo de subir la escalera.
«¿Qué ocurre?», me preguntó lanzándome una mirada adusta.
«Claire no despierta. No sé qué le sucede», expliqué.
De inmediato nos apresuramos a regresar a mi casa. Al llegar allí, él le tomó el pulso y, profundamente perplejo, comprobó que todavía respiraba.
«Debemos llevarla al hospital ahora mismo», señaló en tono apremiante.
Asentí con la cabeza mientras observaba horrorizada y en silencio cómo tomaba con suavidad su cuerpo inerte y flácido en brazos. Se volvió y me lanzó una intensa mirada, que era como una invitación a conservar la fortaleza y la serenidad.
Tomé mis pertenencias con gran presteza y nos precipitamos fuera de la casa. Ahora, debido al repentino coma en el que había caído Claire, sería preciso esperar un tiempo para poder revelarle la verdad.
En cuanto la acomodaron en una habitación del hospital, el médico se hizo presente.
Comprobó sus signos vitales y dictaminó que había sido envenenada. No conseguí articular palabra al oír tal declaración, completamente inesperada. Me preguntaba cómo podía haber sucedido aquello.
Pronto me enteré de que no era la única víctima de envenenamiento, pues con el paso de las horas acudió a aquel pequeño hospital un creciente número de integrantes de la manada que experimentaban síntomas de envenenamiento de distinta intensidad. Algunos estaban completamente inconscientes, mientras que otros estaban despiertos pero se sentían terriblemente enfermos; vomitaban constantemente y su piel había asumido una apariencia pálida.
A medida que la situación empeoraba, Caspian se sentía cada vez más tenso; hablaba con varios doctores al respecto. Ahora, el embarazoso momento que habíamos pasado el día anterior carecía de importancia, pues mi hija yacía inerte en una cama de hospital. Sentada a su lado y consumida por un profundo dolor, sostenía su mano mientras Marco se paseaba de un lado a otro de la habitación, intentando calmar su ansiedad.
De golpe, un inesperado visitante entró en la habitación: era Caspian. A Marco le sorprendió verlo allí. Se limitaron a saludarse cortésmente con una ligera inclinación de cabeza, como si existiese entre ambos un acuerdo tácito para que no se produjera entre ellos un choque de egos masculinos en un momento tan angustioso para mí.
Caspian se volvió hacia mí con aire adusto y se quedó de pie al borde de la cama. Sus ojos fueron de Claire a mí.
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