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Capítulo 171:
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Punto de vista de Tanya
El automóvil que Lily había puesto a mi disposición para que me marchara me hacía pensar en un portal.
Era como si hubiera estado viviendo en mi propio mundo de fantasía, en el cual era una distinguida princesa casada con un príncipe.
Había estado inmersa en aquel mundo idílico que se antojaba tan real.
Pero me veía obligada a regresar a mi mundana cotidianidad: volvería a ser una mujer insignificante.
El automóvil aún no había avanzado un gran trecho cuando vi algo inquietante a través del espejo retrovisor: la figura familiar de Marco.
Corría frenéticamente tras él, persiguiéndome.
Pensé que acabaría por darse por vencido y dejarme marchar, pero siguió corriendo hasta que fui incapaz de continuar soportando su obstinada persecución.
«Detén el automóvil», le ordené al chófer, y de inmediato el vehículo se detuvo chirriando.
«Por favor, espérame un momento; solucionaré este problema y volveré enseguida», le expliqué.
Asintió con la cabeza en silencio mientras me apeaba del vehículo.
Caminé hacia Marco pensando en una justificación para mi partida; la explicación que le diera debería ser verosímil.
«¿Adónde te diriges?», me preguntó con aparente serenidad, pero noté en su voz un tono de preocupación.
Avanzó hacia mí y me preguntó: «¿Ha sucedido algo? ¿Acaso debes ocuparte de inmediato de algún asunto de suma importancia?»
Las preguntas estaban plenamente justificadas; era como si simplemente hubiera olvidado comunicarle que me ausentaría durante unas cuantas horas y que volvería esa misma noche.
Pero lo cierto era que una intrascendente y breve ausencia estaba muy lejos de la realidad…
Me comporté con una firmeza inusual.
Refunfuñé y, esperando parecer irritada, le dije: «Vuelve de inmediato al palacio».
Apreté los puños.
«No deberías estar aquí haciendo esto.
Si corres, es muy probable que experimentes los efectos de la maldición que pesa sobre ti», expliqué, tratando de hacerlo entrar en razón.
«Pero me urge saber cuál es tu destino», declaró.
Me dolía ver la angustia y la sorpresa que su rostro traslucía, así como su sorpresa ante mis frías declaraciones.
Temía quebrarme si permitía que el silencio se prolongara, así que seguí haciéndole reproches, aunque ello me causara un profundo dolor que penetraba cada fibra de mi ser.
«Óyeme bien, te estás muriendo.
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