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Capítulo 89:
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Rachel se quedó paralizada, preguntándose si sus oídos la habían engañado.
Cuando la voz de Jeffrey volvió a flotar en el aire, sus manos temblaron violentamente y derramaron el agua hirviendo por todas partes.
El líquido escaldante le provocó una ampolla en la mano, pero en ese momento el dolor era lo último en lo que pensaba.
Rápidamente se giró y corrió hacia su cama. «Jeffrey…». Lágrimas de pura alegría y alivio corrían por su rostro al ver sus ojos abiertos. «Por fin has despertado. Me has dado un susto de muerte. Prométeme que nunca volverás a hacer algo tan imprudente».
Una suave sonrisa iluminó el pálido rostro de Jeffrey. «Te lo prometo. A partir de ahora, tu palabra es ley».
Con el regreso de Jeffrey a la conciencia, el peso aplastante que había estado sofocando el corazón de Rachel finalmente se levantó, y ella soltó un profundo suspiro de alivio. Pero el destino tenía otros planes, ya que se encontró con Brian antes de lo que había previsto.
Sus caminos se cruzaron en el estéril pasillo del hospital: Rachel de pie y Brian sentado en su silla de ruedas.
El tiempo pareció cristalizarse a su alrededor, y el aire se volvió denso con palabras no pronunciadas.
Ronald, siempre perspicaz, rompió la tensión. —Me voy.
En cuestión de segundos, el largo pasillo quedó solo para Rachel y Brian, enfrentados en un silencio cargado.
—Rachel… —Brian finalmente habló, con voz áspera y desconocida, despojada de su tono habitual de seguridad. —¿Cómo está Jeffrey? —preguntó.
—Ha recuperado la conciencia —respondió Rachel, con una voz tan fría como la escarcha invernal. Aunque Brian se había preparado para su frialdad, la realidad de su indiferencia le dolió profundamente.
—He investigado lo que pasó entre Doris y Jeffrey. Fue un malentendido por su parte. Ella se disculpará con él personalmente. Me encargaré de ello.
Rachel asintió secamente. —Bien.
Aceptó no por ella, sino porque Jeffrey se merecía ese cierre. —Si no hay nada más, debería irme. —Se dio la vuelta para marcharse, pero Brian extendió la mano y la agarró.
Un suave grito escapó de sus labios cuando retiró la mano bruscamente. Sin darse cuenta, él le había tocado la carne herida, que ya tenía una ampolla. La preocupación inundó su voz. —¿Qué te ha pasado en la mano?
Ella instintivamente la ocultó detrás de la espalda. —Nada grave, solo un pequeño accidente.
—Déjame ver. —Su tono era tan suave que casi parecía una caricia.
—No es necesario. En unos días se curará.
—Insisto. No podré estar tranquilo si no lo hago. —La voz de Brian se volvió más seria—. Rachel, sé que estás enfadada conmigo. Dame una oportunidad para compensarte. Lo que sea que me pidas, lo haré.
Los ojos brillantes de Rachel se encontraron con los de él. —¿Estás seguro?
Brian asintió con firme convicción.
—Entonces mantén la distancia conmigo.
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