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Capítulo 164:
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—¡Pruébatelo! —sugirió Brian, con la mirada iluminada por la emoción.
—Claro.
La dependienta sonrió y dijo: —Señorita Marsh, por aquí al probador, por favor.
Rachel tardó unos diez minutos en ponerse el vestido de novia.
Mientras contemplaba su reflejo en el espejo, comprendió por qué tantas mujeres acarician el sueño de ponerse un vestido de novia blanco para casarse con su amado. El momento estaba impregnado de alegría y expectación, lleno de un profundo sentido de santidad.
Rachel, que ya era una mujer hermosa, estaba aún más impresionante y sobrecogedora con el vestido.
Una asistente, cautivada por su aspecto, exclamó: «Señorita Marsh, está absolutamente magnífica, es la encarnación de la elegancia».
«Ahora le traeré al señor White para que la vea».
Al oír que iban a llamar a Brian, Rachel sintió una oleada de nerviosismo.
«¡Espere! ¡Solo un par de minutos más, por favor!».
Se tomó un momento para calmar sus nervios.
Poco después, un miembro del personal se acercó a Brian y le dijo: «Sr. White, la Sra. Marsh está casi lista para salir».
«De acuerdo».
Brian permaneció inmóvil, con la mirada fija en la cortina que los separaba.
Cuando la tela se retiró lentamente y reveló a Rachel con su vestido de novia, Brian contuvo el aliento por un instante.
Rachel estaba aún más radiante de lo que él jamás hubiera imaginado.
No fue solo Brian quien lo notó; otros clientes de la boutique tampoco pudieron resistirse a mirarla más de una vez.
El prolongado silencio de Brian hizo que el corazón de Rachel se encogiera de ansiedad. Con las manos apretadas, preguntó con esperanza y nerviosismo: «¿Estoy bien?».
Brian se acercó a ella y, con cada paso que daba, el corazón de Rachel latía más fuerte.
Su corazón latía tan fuerte que parecía que fuera a salírsele del pecho. Inclinándose ligeramente hacia ella, la voz de Brian le acarició la oreja como una chispa. «¿Qué hago? ¡De repente me arrepiento!».
«¿No te gusta?», preguntó Rachel, con evidente decepción mientras se mordía el labio.
Entonces, él la tranquilizó rápidamente. —Estás impresionante. Me dan ganas de aislarte para poder admirarte a solas, sin que otros hombres puedan siquiera soñar contigo.
Rachel soltó un suspiro de alivio y sus rasgos se relajaron en una lenta sonrisa. —Estaba muy nerviosa. La próxima vez, no me tomes el pelo —le suplicó con dulzura.
—Entendido —respondió él con una sonrisa cálida y afectuosa.
En ese momento, un miembro del personal se acercó a ellos: —Señor White, ¿es la hora de la prueba del traje?
—Sí, vamos.
Brian apenas había dado unos pasos hacia el vestuario cuando una voz alegre lo llamó desde atrás: —¡Brian!
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