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Capítulo 111:
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—¿Ah, sí? —La curiosidad de Brian creció—. Está bien, si respondes a mi pregunta con sinceridad, te dejaré marchar.
—¿De verdad? —Los ojos muy abiertos de Rachel parecían dudosos, como si no pudiera creerlo.
—¿No acabas de decir que te gusta alguien? Quiero saber quién es.
—Es… —Rachel se clavó las uñas en la palma de la mano, tratando de reprimir los sentimientos que la invadían—. Es alguien por quien estaba locamente enamorada en el instituto.
¿En el instituto? ¿Estaba enamorada de alguien en aquella época?
El rostro de Brian se ensombreció y su voz se volvió gélida. —Dime, ¿cómo se llama?
—Brian White. —La voz de Rachel temblaba de emoción cuando el nombre finalmente salió de sus labios, llevando consigo años de sentimientos no expresados.
En el momento en que esas palabras salieron de su boca, apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos, luchando contra la oleada de emociones que amenazaban con abrumarla.
Sin embargo, la tormenta que se desataba en su interior se negaba a ser contenida.
Brian se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor.
La alegría recorrió su corazón como una tormenta de verano, poderosa y desenfrenada. Sus manos encontraron el camino hacia el rostro de ella con infinita ternura, y su voz fue una suave caricia. —Déjame oírte decirlo una vez.
Rachel negó con la cabeza con vehemencia, rechazando con todo su ser ese momento.
Las lágrimas brillaban en sus ojos mientras sus labios temblaban, traicionando su confusión interior. —Me hiciste una promesa… dijiste que me dejarías marchar. El peso de su anterior promesa flotaba pesadamente en el aire.
Pero las circunstancias habían cambiado y dejarla marchar se había convertido en una imposibilidad que ya no podía contemplar.
—Por favor, mírame bien, soy Brian White, estoy aquí delante de ti.
La mirada de Rachel seguía distante, desenfocada. —Me estás engañando. No puedes ser él.
Su mente luchaba con la certeza de que Brian se había marchado con Tracy. Su presencia allí desafiaba toda lógica y razón.
—¡Pero lo soy! Rachel, por favor, mírame. Sus dedos le levantaron suavemente la barbilla. En el momento en que sus miradas se cruzaron, nuevas lágrimas brotaron de sus mejillas. —¡Suéltame!
En lugar de obedecer, Brian la rodeó con sus brazos y la levantó con determinación, llevándola hacia el cuarto de baño.
—¿Qué estás haciendo? —El pánico se apoderó de Rachel al darse cuenta de adónde se dirigían. En su intento por retroceder, el destino intervino y sus labios rozaron accidentalmente los de él.
Ese fugaz contacto encendió algo primitivo e imparable entre ellos. Ninguno de los dos pudo recordar quién se movió primero. Lo siguiente que recordaban era el agua cayendo a su alrededor desde la ducha.
Las gotas salpicaban la puerta del baño con un ritmo constante.
El agua tibia trazaba patrones íntimos sobre su piel.
La gracia natural de Rachel, realzada por el agua que caía, resultó irresistible. La razón la abandonó por completo. Se rindió al abrazo de Brian, permitiéndole dominar por completo su corazón y su cuerpo.
Sus ojos entrecerrados brillaban con pasión, su cuerpo se fundía con el de él como si hubieran sido creados para encajar. El corazón de Brian se contrajo al ver sus mejillas sonrojadas y sus delicados rasgos, lo que casi lo desarma por completo.
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