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Capítulo 402:
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Fue entonces cuando Rylie entró en acción. Como una pantera en la oscuridad, se deslizó de la cama sin hacer ruido. Cada paso que daba era medido, con los músculos firmes y alerta.
Se arrastró hasta la esquina de la habitación, donde había un viejo conducto de ventilación oxidado y cerrado. Estaba conectado al sistema de aire principal, un detalle que había recordado desde el primer día.
Sacó un alambre de su pelo, fino como un hilo pero fuerte como el acero, y lo deslizó por las grietas de la junta del conducto. Un giro de muñeca. Un suave clic. La tapa cedió.
La quitó con cuidado y la dejó a un lado, dejando al descubierto un estrecho túnel, apenas lo suficientemente ancho como para que cupiera una persona.
Lo primero que sintió fue el olor. Una mezcla repugnante de moho, productos químicos y algo más oscuro, como podredumbre y pánico.
Sin dudarlo, se arrastró hacia dentro. El espacio era estrecho y resbaladizo, y capas de suciedad le rozaban los brazos y la cara.
Conteniendo la respiración, se valió de su agudo sentido de la orientación y su conocimiento de la distribución de la nave para recorrer el sofocante pasadizo. Tras arrastrarse unos cuatro metros y medio y girar una esquina, oyó unos sollozos apagados. El débil traqueteo de unas cadenas.
Se le encogió el estómago.
Se quedó inmóvil y se pegó a la pared, acercándose poco a poco al sonido. Apartó una gruesa capa de polvo y miró a través de los huecos de la rejilla de ventilación.
Lo que vio abajo le oscureció la mirada. Apretó la mandíbula. Una furia lenta y constante comenzó a arder en su pecho.
Debajo de ella, el espacio era ligeramente más grande que aquel en el que se encontraba. Pero lo que vio abajo le pareció sacado directamente de una pesadilla. No había camas. Solo un suelo sucio y helado donde más de una docena de pequeñas figuras se acurrucaban juntas.
Todos eran niños. Algunos apenas habían dejado los pañales. Otros tenían quizá doce o trece años. Sus ropas colgaban en harapos, su piel estaba magullada y arañada, sus rostros demacrados y hundidos.
Grilletes de hierro rodeaban cada tobillo, con las cadenas atornilladas a anillos en la pared. No se movían mucho. Simplemente se sentaban allí como animales esperando el matadero.
【 𝗻𝗼𝘃𝗲𝗹𝗮𝘀𝟰𝗳𝗮𝗻.𝗰𝗼𝗺 ‐ 𝗟𝗲𝗲 𝗺𝗮́𝘀 】
La débil luz que colgaba del techo emitía un tono enfermizo, reflejándose en sus miradas sin vida.
Algunos se abrazaban entre sí, temblando mientras intentaban no llorar. Otros no reaccionaban en absoluto, mirando fijamente al techo como si sus mentes estuvieran en otro lugar. En una esquina, una niña que no podía tener más de seis años mecía a un niño más pequeño en sus brazos. Él no se movía. Ella cantaba una nana en voz baja, tan suave que apenas llegaba a sus labios.
A continuación llegó el olor. Apestaba a suciedad, sangre y algo más oscuro. Algo parecido al dolor convertido en materia física. Había látigos colgados en las paredes, sucios y manchados. Migas mohosas cubrían el suelo. En una esquina había un cubo volcado, cubierto de quién sabe qué.
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