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Capítulo 755:
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Caden durmió profundamente y sin sueños, despertándose a la brillante luz del día que entraba a raudales. Se dio cuenta de que había dormido doce horas enteras.
Alicia había estado despierta un rato, pero no podía moverse, atada por los brazos de él alrededor de su cintura, fuertes como el hierro. Había intentado zafarse, pero él la sujetaba con más fuerza, así que cedió, aceptando la cercanía.
Finalmente, se giró hacia él y, al alzar los ojos, descubrió que él ya la observaba, con los ojos oscuros brillantes.
Frunció el ceño.
«¿Así que estás despierto pero finges dormir? Suéltame, tengo que levantarme».
Sin soltarse, Caden volvió a cerrar los ojos.
«Sigo soñando», murmuró.
Alicia suspiró, poco impresionada.
Al darse cuenta de que la actuación no la convencía, Caden dejó de fingir y la levantó, llevándola al cuarto de baño.
Resignada, Alicia se lavó la cara y se cepilló los dientes con él encima, sus manos firmes pero cuidadosas, como si cada movimiento que hiciera pudiera poner en peligro al bebé.
Luego, la cogió contra el espejo y la besó.
Había querido hacerlo la noche anterior, pero ella le había agotado, dejándole esperar a un momento en el que pudiera saborearlo. Ahora se tomaba su tiempo.
Las mejillas de Alicia se sonrojaron de frustración, una expresión que Caden encontró extrañamente entrañable.
Su cuerpo se ablandó bajo sus caricias, su mirada de fastidio se mezcló con algo casi juguetón, despertando en él un deseo irrefrenable.
Apretó su cuerpo contra el de ella, firme contra su bajo vientre.
Ella se quedó inmóvil, sin atreverse a respirar, temerosa de encender una chispa que no podía controlar.
El aliento de él le calentaba el cuello.
«No tuvimos la oportunidad el día de la proposición, y desde entonces me he estado conteniendo».
Las últimas semanas habían sido tan abrumadoras que ni siquiera había tenido tiempo de reconocer su anhelo. Pero ahora, con ellos dos solos en aquel momento, la contención le parecía imposible.
Bajó la voz, rebosante de honestidad sin filtros.
«Cuando no estás, estoy bien. Pero cuando te veo, no puedo evitar desearte desesperadamente. Aún es pronto. ¿Puedes… ayudarme con las manos?».
La cara de Alicia se puso roja y le lanzó una mirada mordaz.
«Hazlo tú mismo».
Caden no se echó atrás.
«Tus manos son diferentes», replicó, guiando las de ella hacia él.
«Haga lo que haga, no es lo mismo que tus caricias».
El pulso de Alicia se aceleró cuando él le sostuvo la mirada, su tono persuasivo y burlón. Intentó resistirse, con la cara enrojecida por la vergüenza y la irritación. La bata negra de él colgaba suelta, dejando al descubierto su ancho pecho, cálido contra la piel de ella cuando él se acercó, su deseo inconfundible.
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