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Capítulo 642:
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«Regina, este es el único deseo de Yolanda. Tengo que hacerlo realidad por ella».
La expresión de Regina vaciló. Recordó su reciente encuentro con Alicia y la foto familiar que había dejado una huella imborrable en su mente. Aquello la había impulsado a indagar en los antecedentes de Alicia, hasta descubrir que ella también había nacido en la maternidad más prestigiosa de Warrington.
Una repentina oleada de tristeza la invadió.
«¿Has pensado en lo que le ocurrirá a Alicia?».
La respuesta de Dorian fue rápida y desdeñosa.
«¿Por qué debería preocuparme por nadie más?».
Regina entrecerró los ojos, aumentando la frustración.
«Alicia perdió a sus padres muy joven y creció sola. Ya ha tenido bastantes problemas, incluso se peleó con la familia Yates. Sin Caden, cualquiera podría haberse aprovechado de ella. Y ahora, estás forzando a Caden y Yolanda a estar juntos. ¿Pero qué pasa con Alicia? Ella y Caden se aman de verdad. Obligarlos a separarse es cruel, es peor que la muerte».
La mirada de Dorian cambió, un destello de duda cruzó su rostro antes de enmascararlo.
«Alicia es inteligente, resistente. Yolanda nunca podría igualarla en ese aspecto. Confío en que seguirá adelante cuando Caden se haya ido».
El corazón de Regina se hundió ante su tono inflexible. Sacudió la cabeza lentamente, sintiendo un entumecimiento filtrarse a través de ella.
«Necesito un poco de aire», dijo, levantándose de su silla.
«Descansa».
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Regina se dirigió al salón, con la mente agitada. Se detuvo ante el armario de los licores, mirando las botellas como si pudieran ofrecerle consuelo. Pero sabía que no podía ceder: era alérgica al alcohol.
La foto de familia la atormentaba. Alicia, con los ojos cerrados de niña, se había parecido mucho a Yolanda al nacer. El parecido era asombroso y le retorcía algo muy dentro.
Las lágrimas le punzaban los ojos cuando el recuerdo le arañaba el corazón.
Tras regresar a casa, Caden se tumbó en el sofá para echarse una siesta. Sus sueños eran vívidos, y Alicia estaba en el centro, pero no con su habitual serenidad. Esta Alicia era atrevida y apasionada, aferrándose a él con un fervor irrefrenable. Sentía como si su cuerpo estuviera en llamas.
El repentino timbre de la puerta le devolvió a la realidad. Abrió los ojos, desorientado, y se encontró tirado en el sofá, con los puños desencajados y la piel húmeda de sudor frío.
«¿Dónde está Caden?», gritó una voz familiar desde la puerta.
Caden giró la cabeza y vio a Gerry de pie. Alicia había abierto la puerta y ahora señalaba en su dirección.
«Está aquí mismo».
Caden respiró hondo para estabilizarse, agarrando un cojín para cubrir sutilmente su vergüenza.
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