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Capítulo 486:
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La sonrisa de Alicia se volvió gélida. Todavía pensaba que se metería en la cama esta noche? Ni por asomo.
«La segunda bofetada no tiene por qué ser en la cara», replicó ella con frialdad.
Su mirada se clavó en él de un modo que le hizo sudar frío.
Tras una pausa, se rindió. «De acuerdo. Adelante, dame otra bofetada». Abofetéame otra vez».
Alicia no se contuvo y le propinó una segunda bofetada.
Caden la recibió sin decir palabra, y luego se sentó tranquilamente en el sofá. Alicia metió la mano en el bolso y sacó el vestido que él le había comprado. Era elegante y bonito, y reflejaba su buen gusto.
Cuando se lo puso, se dio cuenta de que iba a juego con su traje, un look perfectamente coordinado para la velada.
Su frustración se suavizó, casi desapareció por completo, cuando lo miró.
Caden, imperturbable por las marcas rojas en su cara, hojeaba despreocupadamente sus documentos de trabajo, como si nada hubiera pasado.
Alicia se acercó y el dobladillo de su vestido se agitó al moverse.
Caden levantó la vista, momentáneamente cautivado.
La primera vez que vio el vestido expuesto, supo que estaba hecho para ella. Su tez rosada hacía que la tela del vestido pareciera aún más deslumbrante que en cualquier maniquí. El vestido la ceñía en todos los lugares adecuados, acentuando su figura con una elegancia que le dejó sin aliento.
Alicia se aclaró la garganta, sacándole de su admiración. «Vámonos.»
Caden se levantó y sacó una cajita de su bolsillo. «Hay algo que aún no te he dado».
Los ojos de Alicia se desviaron hacia la caja de terciopelo, su mente corriendo con posibilidades.
¿Un anillo?
La idea le rondaba la cabeza, y su mirada se quedó fija en la caja, con las emociones hirviendo a fuego lento bajo la superficie.
Caden pasó el pulgar por la costura de la caja, a punto de abrirla, pero se detuvo al notar la intensidad de la expresión de ella.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios. «¿Adivinas qué hay dentro?».
A Alicia le picó la curiosidad. «¿Cómo voy a saberlo? Enséñamelo de una vez».
Estaba ansiosa por ver lo que había dentro, preguntándose por el estilo, el tamaño y, si era un diamante, de qué tipo podría ser. Las preguntas se agolpaban en su mente, acelerando los latidos de su corazón. Al ver su impaciencia, Caden sintió una repentina vacilación.
Tal vez lo que había dentro no era lo que ella esperaba.
Al cabo de un rato, abrió la caja.
En su interior, un par de lustrosos pendientes de perlas resplandecían, con sus inmaculadas superficies blancas brillando bajo la luz.
La expresión de Alicia vaciló, un atisbo de decepción brilló en sus ojos antes de enmascararlo rápidamente con una sonrisa. «Pendientes. ¿Los has elegido tú?»
Aunque ella trató de ocultar su reacción, Caden notó el parpadeo de decepción.
«Sí», murmuró, apartándole el pelo. «Deja que te los ponga».
Alicia asintió, inclinándose hacia él mientras le pellizcaba suavemente el suave lóbulo de la oreja, asegurando las perlas en su sitio.
El atuendo de la noche era perfectamente discreto. La ropa y las joyas que había elegido le daban el toque justo de elegancia sin resultar llamativas.
Mientras Alicia se serenaba, concentrándose en su aspecto, Caden se entretuvo, con los dedos recorriendo la curva de su pelo.
«¿Esperabas un anillo?», le preguntó.
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