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Capítulo 1307:
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Laney se secó los ojos con dedos temblorosos y se enfrentó a él con una fuerza renovada.
—Me sermoneas sobre sentarme en suelos fríos durante mi período, preocupada por los calambres, pero ¿dónde estabas cuando hoy regresaba a casa bajo la lluvia? Tenía tanto frío que los huesos me parecían de hielo, y tú no tenías ni idea. Tú solo…
—Ya basta —Cliff cortó sus palabras como una cuchilla.
La voz de Laney se le quedó en la garganta. Su cuerpo se desplomó contra él, como una flor marchita.
Con movimientos suaves que delataban su agitación, Cliff la vistió y la envolvió en la calidez de su cama. Su rostro se puso pálido.
«¿Quieres que te traiga algo de comer?».
Laney negó con la cabeza.
«Cliff, quiero romper».
Cliff se convirtió en piedra ante ella, con todos los músculos congelados.
El rostro de Laney mostraba una serenidad inquietante, con los ojos ardientes de tranquila determinación.
«Estar contigo me ahoga en la tristeza. Estas lágrimas se han convertido en mi compañera constante, y estoy agotada de llorar. Por favor, terminemos con esto».
Cliff permaneció suspendido en silencio, los segundos se alargaron hasta convertirse en eternidades. La tristeza que había ensombrecido sus rasgos desde su llegada se profundizó ahora en algo más oscuro, su tez palideció bajo la luz del dormitorio.
El corazón de Laney se encogió al verlo, obligándola a apartar la mirada mientras nuevas lágrimas recorrían silenciosamente sus mejillas. El dolor en sus ojos reflejaba el que le aplastaba el corazón, una carga demasiado pesada para seguir soportando.
Sin decir palabra, Cliff salió de la habitación, dejando solo silencio a su paso.
Volvió con comida, observándola comer con ojos vacíos, antes de pronunciar su veredicto.
«Duerme. No me volverás a ver por aquí».
Las palabras golpearon a Laney como puñetazos, dejándola preguntándose si esta era su forma de estar de acuerdo. ¿Así es como terminó? ¿Simplemente estuvo de acuerdo? Aunque tenía sentido. Se había apoderado de cada parte de ella: corazón, cuerpo y alma, sin dejar nada por lo que valiera la pena quedarse.
Un vacío sofocante se apoderó de Laney mientras lo miraba con ojos vacíos, su mente un vacío sin fondo.
Con precisión mecánica, Cliff dejó las llaves sobre el mostrador, reunió metódicamente los objetos que había traído para ella y se alejó sin mirar atrás, llevándose consigo todo el calor. El silencio descendió como un sudario sobre la habitación mientras las lágrimas de Laney fluían libremente, cada gota marcando el elogio de su amor.
Sin embargo, después de llorar, se dio cuenta de algo aplastante: Cliff se había entrelazado con su propia esencia, una presencia de la que solo podía escapar a través de la muerte misma.
El sueño no ofrecía refugio. Cada vez que la conciencia la encontraba, el frío vacío a su lado reabría heridas apenas cubiertas. Este tortuoso baile con la soledad continuó hasta que el amanecer pintó la habitación en tonos dorados.
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