✨ Martes y viernes nuevos capítulos y estrenos
💬 Únete a la comunidad en WhatsApp & Telegram!
Si te está gustando la lectura, me ayudarías mucho compartiendo la web 🌟
Capítulo 1292:
🍙 🍙 🍙 🍙 🍙
En su estado de somnolencia, Laney murmuró: «Sé que eres tú, Merrick».
Sus palabras dejaron a Cliff atónito. Una risa hueca se escapó de sus labios. Luchando por contener sus emociones, la agarró de la barbilla entre sus dedos.
«Abre los ojos y mírame», le ordenó.
Un escalofrío recorrió la espalda de Laney. El sueño desapareció al instante. Sus ojos se abrieron de golpe y la realidad se derrumbó a su alrededor. Cliff estaba de pie frente a ella. La gravedad de su error —pronunciar el nombre de Merrick en presencia de Cliff— la golpeó como un rayo. El miedo se acumuló en su estómago.
El rostro de Cliff se acercó, con ojos glaciales.
«Laney, ¿quién soy?»
El peso de su pregunta dejó a Laney tambaleándose, desesperada por salvar la situación.
«¿Dónde… ¿Dónde estoy?», tartamudeó, cerrando los ojos.
«Me late la cabeza».
La respuesta de Cliff fue una burla cargada de hielo. Al ver a través de su farsa, su expresión se ensombreció cuando retiró la mano.
«Descansa un rato más. Prepararé algo para tu resaca».
Laney permaneció rígida, con los ojos cerrados, sin atreverse a decir una palabra. Minutos después, Cliff regresó con el remedio, poniéndoselo con cuidado entre los labios.
A medida que se registraba su aparente disposición a pasar por alto su lapsus linguae, la tensión de Laney disminuyó gradualmente y ella consumió obedientemente la sopa. El suave tintineo de su cuchara contra el cuenco llenó el silencio.
Cliff le secó la comisura de la boca con una servilleta.
—¿Tienes las ideas más claras ahora?
—Prometiste que no me obligarías a hacerlo —aventuró Laney con cautela.
—Mm, no lo haré —respondió Cliff, con un tono engañosamente paternal.
—Entonces dime, Laney, ¿me reconoces ahora?
Su inesperada gentileza la tomó por sorpresa.
—Te reconozco, Cliff —susurró.
Los labios de Cliff se curvaron ligeramente, pero la sonrisa nunca llegó a sus ojos. La levantó y la llevó hacia el baño con la caja roja oscura en la mano.
—¿Es una joya? —preguntó Laney, con la garganta apretada por la nerviosa anticipación.
—No, te lo mostraré más tarde.
En el baño, Cliff se encargó de bañarla. El vapor se elevó en volutas de gasa, llenando el espacio con una neblina blanca. Laney se encontró encaramada en su regazo, con sus brazos formando una prisión íntima a su alrededor. Aunque podía cambiar de posición, escapar era imposible: su abrazo era tierno y confinante a la vez, como una trampa forrada de terciopelo.
Cliff recuperó el contenido de la caja.
—¿Qué es eso?
Los ojos de Laney se abrieron como platos al ver lo que parecía un trozo de cinta, carmesí como la sangre fresca y suave como la seda líquida.
Sin decir palabra, Cliff comenzó a enrollar la cinta alrededor de ambos. Solo cuando sintió la tela atar sus cinturas juntas, Laney comenzó a resistirse.
«Cliff, ¿qué estás haciendo?».
Cada movimiento hacía que la cinta se apretara, amoldándose a su forma. El marcado contraste entre su delicada piel y el rojo vivo creaba un cuadro fascinante.
.
.
.