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Capítulo 1235:
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Laney tenía solo diecinueve años cuando se unió a la familia Hopkins. En aquel entonces, era joven, insegura de sí misma y aún estaba buscando su lugar. Para Cliff, siempre había sido una niña. E incluso ahora, tres años después, la seguía tratando como tal.
Cliff no respondió. Se volvió hacia la maleta y extendió la mano hacia la última bolsa que había dentro.
Antes de que pudiera agarrarla, la mano de Laney se disparó y la arrebató primero. Pero ya era demasiado tarde: había visto el contorno a través de la tela. Era su ropa interior.
—Cliff, deberías irte ahora —dijo Laney apresuradamente, abriendo la puerta del armario y dándole la espalda como para desaparecer en sus sombras—.
—Necesito ducharme y descansar.
Cliff asintió en silencio y dio un paso atrás, pero algo le llamó la atención. Dentro de la maleta, había olvidado un pequeño brazalete.
Cliff lo cogió y lo miró fijamente durante un momento, y se dio cuenta de que lo reconocía. Era el brazalete de su viaje a la iglesia. El sacerdote lo había llamado un símbolo de amor eterno, una promesa de envejecer juntos.
Laney se puso rígida. Su expresión vaciló, pero rápidamente se acercó y se lo quitó.
«Tenía la intención de tirarlo», murmuró con voz apenas audible.
Sin dudarlo, lo arrojó a la papelera.
El rostro de Cliff permaneció inescrutable mientras se inclinaba y lo recuperaba.
«Laney, ¿hay algo más a lo que te estés aferrando?», preguntó.
Ella dudó, pero negó con la cabeza.
«Bien».
Luego, metiéndose el brazalete en el bolsillo, añadió: «Yo me ocuparé de ello».
A Laney se le cortó la respiración.
«¿Por qué lo guardas?».
«Porque sé que lo sacarás de la basura cuando me vaya», dijo con voz baja e inflexible.
«No tienes por qué hacerlo, Laney».
Laney había creído que enterarse del compromiso de Cliff con Juliet era el peor dolor que podía soportar. Pero ahora se daba cuenta de que, mientras su conexión con Cliff no se rompiera por completo, cada encuentro mermaba su fortaleza emocional.
Cuando Laney se dio la vuelta para irse, Cliff le deseó buenas noches, como siempre hacía.
«Me perdí tu última competición, pero te prometo que no me perderé la actuación de mañana», dijo con una leve sonrisa.
Laney sintió un dolor familiar en el pecho, hueco y sofocante. Incluso respirar parecía una tarea.
«Está bien», dijo en voz baja, evitando su mirada.
«No tienes que venir».
Al día siguiente, Laney se sentó en la silla de maquillaje, con los ojos pesados por el cansancio. Intentó echar una siesta, pero el descanso se le escapaba.
La sala bullía de voces, y los cotilleos fluían libremente como un arroyo interminable. Algunos se quejaban de la actitud dominante de Kira, mientras que otros expresaban lástima por Laney.
Kira, siempre provocadora, había entrado para presumir, solo para escuchar sus comentarios sarcásticos. La furia se encendió en su interior, y se enfrascó en una confrontación en toda regla en el camerino.
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