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Capítulo 1209:
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Cliff mantuvo la mirada baja, mientras la lavaba metódicamente. «Porque pediste un deseo este año y yo lo oí por casualidad».
«¿Estabas escuchando a escondidas?». Las mejillas de Laney se sonrojaron de vergüenza.
La risa de Cliff llenó el aire. No había necesidad de escuchar a escondidas cuando sus ojos se lo habían estado confesando todos los días.
Algo sacudió la conciencia de Cliff: el momento parecía adecuado para decir ciertas verdades. Pero su felicidad en ese momento era pura, inmaculada. No podía permitirse romperla.
—¿Qué pasa, Cliff? —preguntó Laney, captando la sombra que cruzó por su rostro.
La garganta de Cliff se tensó, pero las palabras permanecieron atrapadas en su interior. ¿Qué duele más, no haber probado nunca la felicidad o ver cómo se te escapa entre los dedos una vez que has conocido su dulzura?
Para Cliff, la respuesta estaba clara: era mejor haber amado y perdido. Por eso decidió cumplir el deseo de Laney sin condiciones, a pesar de que su inminente matrimonio con Juliet se avecinaba a finales de año. Al menos Laney tenía esos recuerdos de felicidad. Pero cuando la noticia de su matrimonio saliera a la luz, el corazón de Laney se rompería. Esperaba que el dolor no persistiera.
Cliff permaneció vigilante junto a la cama de Laney hasta que el sueño se apoderó de ella, con su mente como un campo de batalla de pensamientos contradictorios. Siempre había detestado tomar decisiones, pero este año se había convertido en un laberinto de decisiones y compromisos, que dejaban su alma inquieta.
La vida reanudó su ritmo implacable. Laney volvió al teatro mientras Cliff se sumergía en los asuntos de la empresa, sus caminos apenas se cruzaban en el ajetreo de los días.
Fiel a su naturaleza, Laney mantuvo las distancias con su mundo profesional, esperando sus invitaciones en lugar de aparecer sin invitación en su empresa.
Solo cuando el dolor de echarle de menos se volvía insoportable enviaba un mensaje, aunque sus respuestas eran tan escasas como las estrellas en el cielo de la ciudad, y solo llegaban en las horas silenciosas de la noche.
Sus encuentros también pertenecían a la oscuridad del interior de la residencia de los Hopkins.
Cliff se colaba en su habitación para encontrar a Laney suspendida entre el sueño y la vigilia, sus somnolientas peticiones de besos se encontraban con una nueva moderación: sus caricias eran ligeras, casi vacilantes, nunca profundizaban demasiado. El cansancio grabado en sus rasgos despertaba la culpa en el corazón de Laney. «Cliff, tal vez debería quedarme en el apartamento a partir de ahora». Ella sabía la verdad: no tenía por qué apresurarse a volver a casa. Quedarse en la empresa o en su residencia privada después del trabajo le ahorraría un tiempo precioso.
El silencio de Cliff se extendió entre ellos antes de que él accediera, con una voz apenas por encima de un susurro. «Cuídate, practica tu baile y come bien».
Laney asintió, con movimientos cargados de reticencia mientras lo empujaba suavemente. «Ve a dormir un poco».
Con sus padres en casa, compartir la cama no era una opción. La separación carcomía a Laney: hacía demasiado tiempo que no lo veía y su corazón le dolía de añoranza. Pero la proximidad engendraba peligro, y ambos lo sabían.
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