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Capítulo 1171:
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Gerry parecía confundido. Se volvió hacia Cliff y le preguntó: «¿Desde cuándo Laney te escucha tan obedientemente?».
Cliff, absorto en sus pensamientos, se masajeó la tensa frente. «Vete a dormir». Este movimiento hizo que Gerry se fijara en la manga empapada de Cliff.
«¿Qué le ha pasado a tu ropa?», preguntó Gerry, inclinándose con curiosidad. «¿Ha llovido fuera?».
Cliff se puso tenso y se subió la manga. —Accidentalmente le eché agua encima mientras me lavaba las manos.
—Oh —dijo Gerry, olfateando—. Qué raro.
La voz de Cliff se tensó. —¿Qué es raro?
—Tienes un olor dulce. Me resulta familiar, pero no recuerdo dónde lo he olido antes.
Un pulso palpitante golpeó la sien de Cliff. «Me voy a la cama».
La razón de la manga mojada fue cosa de Laney. Ella había insistido burlonamente en que Cliff la consolara. Un simple beso no era suficiente. Quería sentarse en su brazo. Mencionó que se sentía incómoda y le pidió ayuda a Cliff. Expresó su amor por el tejido de su camisa, el pequeño lunar de su brazo y cómo se tensaban sus venas y músculos cuando contenía la respiración.
Las vívidas escenas de su intimidad permanecieron en la mente de Cliff, negándose a desvanecerse. Cerró los ojos, inhaló profundamente y fue a darse una ducha fría.
Al salir, vio un mensaje de Laney. «¿No ha sido increíble lo de ahora, Cliff?».
Un nudo se le hizo en la garganta. Su mente ya no estaba nublada por la lujuria, sentía un fuerte deseo de agarrar a Laney y darle un sermón. Le respondió: «¿Dónde aprendiste todo esto?».
Laney respondió: «No aprendí en ningún sitio. ¿Te han gustado?».
«No me han gustado, y no volverá a pasar», respondió Cliff.
Laney preguntó: «¿Y si vuelvo a sentirme incómoda?».
Cliff apretó el teléfono con más fuerza mientras respondía: «Esto no es una enfermedad. Puedes controlarlo. Deja de usarla como excusa». Laney no respondió.
Cliff pensó que su tono severo la había desanimado y estaba a punto de relajarse cuando su siguiente mensaje le hizo hervir la sangre. «Estoy empezando a sentirme incómoda de nuevo».
Cliff, sintiéndose abrumado, apagó el teléfono y se fue directamente a la cama.
Laney, animada por su éxito anterior, no pudo contenerse. La noche siguiente, hizo otro intento, pero Cliff la rechazó con firmeza, con expresión tan seria como la de un juez, negándose a cambiar de opinión. Desanimada, Laney preguntó: «¿Por qué accediste aquel día?».
Atormentado por los recuerdos de su cercanía en el coche, la expresión de Cliff se ensombreció. «Tú no parabas de llorar. Sentí que no tenía otra opción».
«Entonces empezaré a llorar ahora».
Sin inmutarse, Cliff dijo: «Puedes llorar todo lo que quieras, pero mi respuesta no cambiará».
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