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Capítulo 1057:
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Sorprendida, Alicia se quitó la venda de los ojos. «¿Ah, sí? ¿Eres tú, marido?».
Al oír sus palabras, Caden se dio cuenta de que había caído en su trampa. No había sido muy convincente.
Caden se metió en la bañera. Alicia no pudo reprimir las risitas.
Caden frunció el ceño. «¿Todavía te atreves a reírte?».
Colgada de su brazo, Alicia hizo gala de su encanto. «Quería darte una sorpresa. ¿Quién iba a decir que te lo tomarías tan a pecho?
Con el corazón aún acelerado, Caden respondió con severidad: «No vuelvas a sorprenderme así».
Al darse cuenta de su auténtica angustia, Alicia hizo un puchero. «Está bien, ya paro. Me vuelvo a la oficina».
Caden la cogió del brazo y la tiró hacia atrás. «¿Vuelves a la oficina? Prepárate para un enfrentamiento. Hoy lo arreglamos».
La dureza de Caden se extendía más allá de sus palabras a su comportamiento, revelando una vena despiadada. Sin embargo, la dureza excesiva podría llevar a consecuencias no deseadas. Después de un tenso encuentro íntimo, Alicia sufrió una repentina tensión en la espalda, incapaz de hacer frente al estrés.
El deseo de Caden se evaporó. Rápidamente fue a buscar algo de medicina.
Alicia, con la cara hundida en una almohada, lloraba desconsoladamente en la cama. Sus lágrimas ablandaron la dura determinación de Caden. Él la calmó y masajeó, teniendo cuidado de no repetir su severidad anterior.
Una vez que Caden estuvo seguro de que el problema no era grave, le aplicó la medicación y le masajeó los puntos doloridos durante más de treinta minutos. «¿Te sientes mejor?», le preguntó, mirándola.
Alicia, en silencio, levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, la mirada llena de resentimiento y la almohada estaba húmeda.
Ante ese silencio, su silencio lo decía todo, y Caden supo que había cometido un error. Suavizó su tacto. «Déjame seguir masajeándote».
Alicia permaneció tumbada, ocultando una sonrisa pícara a Caden. Aunque Caden no era un masajista profesional, había perfeccionado sus habilidades a través de frecuentes sesiones con Alicia. Alicia pronto se relajó con el masaje. «Masajea también mis hombros», dijo.
Mientras las manos de Caden subían, preguntó: «¿Todavía te duele la espalda?».
Alicia murmuró: «Ya no me duele, pero no puedo moverme».
Caden dudó. ¿Cómo podía saberlo sin intentar moverse?
Sospechoso, exploró con cautela su cintura, centímetro a centímetro.
«¿Te duele aquí?».
«Un poco», respondió con los ojos cerrados.
Caden se movió a otro punto. «¿Y aquí?».
«No».
«¡Ay, sí!».
Caden contuvo una risita. Estaba fingiendo. Las zonas que decía que le dolían no coincidían. Continuó masajeándola suavemente. «Entonces parece que no puedes moverte».
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