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Capítulo 92:
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Kayla estaba inconsciente, ajena al mundo por mucho que Jeremy intentara sacudirla para despertarla.
Junto a la acera, uno de los guardaespaldas se quedó junto a la puerta abierta del coche y preguntó: «Sr. Graham, ¿la subimos arriba?».
Jeremy le lanzó una mirada y asintió secamente. «Llévala a casa».
«Entendido». El guardaespaldas se acercó, tratando de ser útil, pero acabó agarrando a Kayla justo por el brazo lesionado. Incluso dormida, el dolor se reflejó en su rostro y dejó escapar un leve gemido, frunciendo el ceño por el malestar.
Jeremy perdió la paciencia. «¿Te mataría tener cuidado?». Sus palabras salieron afiladas, cortando el aire nocturno.
Nervioso, el guardaespaldas dio un paso atrás, murmurando: «Lo siento, señor Graham. ¿Quizá debería hacerlo usted? Podría hacerse daño si seguimos intentándolo».
Sin decir nada más, Jeremy se agachó y cogió a Kayla en brazos. Kayla se movió inconscientemente, acurrucándose más contra su pecho, como si buscara consuelo incluso en sueños.
Con el número de su piso ya en mente, Jeremy la llevó hasta su casa.
En el interior, el espacio era pequeño pero acogedor; la suave luz de la lámpara revelaba papeles de trabajo apilados con orden y un ligero aroma a lavanda en el aire. Se fijó en la pila de papeles sobre la mesa del comedor, prueba de sus interminables noches de trabajo. Acunándola, Jeremy entró en el dormitorio, apartó unos peluches rosas esparcidos a la cabecera de la cama y la dejó en el suelo con ternura.
𝘊𝘢𝘱𝘪́𝘵𝘶𝘭𝘰𝘴 𝘯𝘶𝘦𝘷𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘴𝘦𝘮𝘢𝘯𝘢 𝘦𝘯 𝘯𝘰𝘷𝘦𝘭𝘢𝘴4𝘧𝘢𝘯.𝘤𝘰𝘮
Cuando Jeremy se giró para marcharse, Kayla, medio dormida, se aferró instintivamente a su mano y tiró de él, haciéndole perder el equilibrio. Cayó sobre el colchón junto a ella, y su peso hizo que la cama se hundiera con un sordo golpe.
—Abuela, no te vayas —murmuró Kayla, con los ojos bien cerrados, sus palabras enredadas en la neblina de un sueño. Incluso mientras dormía, se aferraba a la única persona que jamás la había hecho sentir verdaderamente segura: su abuela.
Jeremy se sujetó con una mano firmemente apoyada en el colchón, con cuidado de no aplastar a la niña que se aferraba a él. Los dedos de ella se cerraron con fuerza alrededor de los suyos, negándose a soltarlo.
De repente, un tono de llamada estridente rompió el silencio; el teléfono de Kayla vibraba en algún lugar entre los pliegues de su manta.
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