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Capítulo 31:
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Atrapada en los brazos de Jerred, Thea no podía acallar el eco de la cruel burla de Jaylynn en su cabeza.
«Sabes lo mucho que Jerred me aprecia. Aunque estés embarazada de él, probablemente te obligaría a abortar solo para garantizar el éxito del trasplante».
Jerred bajó a Thea por las escaleras, con los brazos entrelazados a su alrededor, dirigiéndose hacia la puerta principal. Ella se debatía, con la voz ronca. «¡Suéltame! ¡No voy a ir al hospital!».
Por mucho que Thea se resistiera, su agarre apenas se aflojó. La diferencia de fuerza entre ambos era dolorosamente evidente.
Con un brazo bien apretado alrededor de Thea, Jerred le inmovilizó las manos a los costados. «Deja de resistirte».
Anoche se había acurrucado, agarrándose el estómago de dolor. Por la mañana había llorado y luego había tenido arcadas. Su estado era grave.
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Nada de esto parecía un simple caso de calambres; Jerred lo tenía claro.
«No voy a estar tranquilo hasta que un médico te haya examinado», dijo él, con un tono que denotaba preocupación. Para Thea, sin embargo, sus palabras le cayeron como una bofetada.
Sus ojos se posaron en el perfil impasible de Jerred. «Deja de fingir, Jerred. Ya te lo he dicho: Jaylynn no va a sacar nada de mí. Si de verdad te preocupas por ella, busca otra forma de salvarla y déjame al margen».
Jerred apretó la mandíbula y se le formó un profundo surco entre las cejas.
Era la segunda vez en el día que ella sacaba a relucir el trasplante de médula ósea.
¿Por qué hacía esto?
¿Acaso pensaba que su preocupación por ella se debía únicamente a Jaylynn?
¿De verdad creía que, si él admitía que solo se preocupaba por Jaylynn, ella podría marcharse sin remordimientos y empezar de nuevo con otra persona?
«¡Suéltame!». La resistencia de Thea no hizo más que aumentar mientras Jerred permanecía en silencio, y sus forcejeos se volvieron desesperados. «¡No quiero tu falsa preocupación ni esta visita forzada al hospital! Yo…»
«¿Y de quién quieres que se preocupe, entonces?», el tono de Jerred cortó en seco su protesta. «¿De Barnes? ¿Es eso?»
Por un instante, la sorpresa se reflejó en el rostro de Thea. Comprendió lo que quería decir y no pudo evitar soltar una risa aguda y amarga. «¡Cualquiera menos tú, Jerred! No me importa quién… ¡pero tú no! ¡Suéltame!».
«Eso no va a pasar hasta que averigüemos qué le pasa realmente a tu cuerpo». La voz de Jerred era gélida mientras la guiaba a través de la puerta y la sentaba en el asiento del copiloto de su coche. Él mismo se subió, cerró la puerta de un portazo y la bloqueó antes de que ella pudiera siquiera reaccionar.
El motor arrancó y la mansión se fue haciendo cada vez más pequeña en el retrovisor mientras se alejaban a toda velocidad hacia el hospital.
«¡Déjame salir! ¡Para el coche!»
Desde su asiento junto a él, Thea veía cómo la ciudad se difuminaba a su paso, mientras la ansiedad la devoraba.
Ir al hospital era lo último que quería.
Haría cualquier cosa por proteger a su bebé. Jerred no podía enterarse nunca del embarazo.
El miedo se transformó en ira, y la voz de Thea resonó con dureza en el interior del coche. «¡Para el coche! Lo digo en serio: ¡déjame salir!»
Jerred no le hizo caso y pisó aún más fuerte el acelerador. Al divisar el hospital, los pensamientos de Thea se agolparon y el corazón le latía con fuerza.
Le lanzó una mirada venenosa. «Jerred, no me presiones más. Si sigues así, acabaré odiándote».
Un semáforo en rojo obligó al coche a detenerse.
Jerred por fin se volvió hacia ella, con la mirada fría. «Te comportas como si te estuviera llevando a la cárcel. Solo es una revisión».
La voz de Thea temblaba de furia. «No me importa cómo lo llames. No voy a dejar que ningún médico me toque, y no voy a salvar a Jaylynn con mi médula ósea. ¿Por qué todo gira siempre en torno a ella? Te dejó plantado en el altar, y tuve que ser yo quien ocupara su lugar y se casara contigo. Ahora que ha vuelto, todo el mundo no hace más que complacerla. Si ella está molesta, me echan la culpa a mí. Como está enferma, se supone que yo debo ser la donante. Y cuando dije que quería el divorcio, me lo negaste. ¿Por qué tengo que ser siempre yo la que reciba los golpes?».
El temor por su hijo nonato, la agonía de los últimos días y una inminente sensación de incertidumbre amenazaban con devorar a Thea por completo.
Todo lo que había reprimido salió a borbotones mientras clavaba en Jerred una mirada furiosa. «¡Para el coche ahora mismo! ¡No voy a poner un pie en ese hospital!»
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