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Capítulo 152:
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La sangre se filtraba por debajo del vestido carmesí de Thea y se extendía por el mármol.
Pero ella permanecía paralizada, incapaz de sentir ningún dolor.
Sus pensamientos se agolpaban en su cabeza, una tormenta de ruidos discordantes que no podía acallar.
Cuando su mano rozó aquella sustancia cálida y pegajosa, las lágrimas le resbalaron por el rostro, deslizándose en silencio.
Comprendió de inmediato lo que significaba aquella sangre. Los gritos y jadeos que la rodeaban se desvanecieron en la nada, como si se hubiera vuelto sorda al mundo.
Levantó la mirada y vio a Jerred llevándose a Jaylynn. Su figura se hacía más pequeña con cada paso.
Una risa repentina brotó de su garganta, aguda y entrecortada.
Las lágrimas le nublaban la vista, pero siguió riendo, con un sonido crudo y salvaje.
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A medida que sus fuerzas se desvanecían, Vincent apareció entre la neblina, corriendo hacia ella. Su expresión reflejaba conmoción y dolor.
Extendió los brazos hacia él antes de poder pensar, con la voz quebrada por la desesperación. «Mi bebé… Dime… ¿Podré conservar a mi bebé?».
Thea se sumió en un sueño que parecía interminable.
Las imágenes se sucedían en destellos, vívidas pero inalcanzables.
Vio a un niño de ojos brillantes que se abalanzaba a sus brazos, llamándola «mamá».
Luego volvía a tener ocho años, en brazos de una criada que le decía frenéticamente: «Debemos darnos prisa. Tus padres están en peligro».
Pero, sobre todo, el sueño estaba lleno de Jerred.
Cada palabra que él había pronunciado durante el último año y cada mirada prolongada que le había dedicado.
La conciencia regresó lentamente, sacando a Thea de una espesa niebla.
Se encontró con el resplandor aséptico de una habitación de hospital, con paredes demasiado blancas y demasiado limpias, y el goteo constante de un gotero sobre su cabeza.
Su mano se deslizó por sí sola hacia su vientre.
El recuerdo de la sangre aún se aferraba a su mente, vívido e implacable.
Ni por un momento había creído que Jaylynn descubriría su embarazo.
Ni por un momento había pensado que Jaylynn atacaría con tanta saña en plena celebración del cumpleaños de Theo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, que resbalaron silenciosamente por sus mejillas.
Todo era culpa suya.
Se había convencido a sí misma de que ocultar su embarazo hasta que su cuerpo la delatara mantendría a salvo al niño.
Pero se había equivocado.
En su corazón, se consideraba una madre que ya había fracasado.
Ese pensamiento la atormentaba. Quizá nunca hubiera sido digna de tener un hijo.
Desde el pasillo llegó una voz aguda y acusadora. «¿Por qué no me dijiste antes lo de su embarazo?», preguntó Eric.
Se extendió un silencio antes de que la voz de Vincent lo rompiera, más suave pero teñida de dolor. «Fíjate en la vida que lleva con la familia Willis. No es feliz con Jerred. A él no le importa ni confía en ella. Ella quería salir de ese matrimonio. Tenía pensado ocultar su embarazo para criar al niño por su cuenta. Yo respeté su decisión y mantuve su embarazo en secreto por ella».
Cada palabra atravesaba a Thea, y una amargura le subía por el pecho. Había luchado desesperadamente por proteger a su hijo, pero una crueldad que no había podido prever le había arrebatado al bebé.
El peso de la explicación de Vincent dejó a Eric sin palabras.
Cuando por fin volvió a hablar, su voz sonaba áspera por la culpa. «Podías ocultárselo a la familia Willis, pero no deberías habérmelo ocultado a mí. Si hubiera sabido que estaba embarazada, nunca la habría obligado a quedarse en ese banquete. La empujé directamente al peligro…»
Exhaló un suspiro de cansancio, uno que parecía cargar con el peso de los años. «Por aquel entonces, no pude salvar a sus padres. Y ahora, mi aprendiz no ha podido proteger a su hijo. La historia se repite una y otra vez, y no puedo perdonarme por esto…»
Vincent se inclinó hacia delante, con un tono de voz suave pero firme. «Eric, han pasado más de diez años. Deja de castigarte por eso. Los padres de Thea murieron a causa del accidente de coche; simplemente no pudiste salvarlos. No es culpa tuya».
Pero Eric negó con la cabeza, con un tono más cortante que antes. «No es por eso por lo que me siento culpable».
La confesión quedó suspendida en el aire antes de que continuara en voz baja. «La verdad es que… siempre he creído que había algo extraño en la forma en que murieron sus padres».
Se le escapó otro suspiro. Sin dar más explicaciones, abrió la puerta y entró en la habitación del hospital.
En cuanto vio que Thea estaba despierta, Vincent se apresuró a acercarse, fijándose en las lágrimas que aún se aferraban a sus pestañas. «Estás despierta. ¿Cómo te encuentras ahora?».
Con su brazo sujetándola, Thea se obligó a incorporarse contra el cabecero, cada movimiento le suponía un suplicio para su maltrecho cuerpo.
Su mirada se desvió más allá de él y se posó en Eric. «Eric…»
Su voz temblaba al cruzar su mirada con la de él. «Dijiste que había algo extraño en la forma en que murieron mis padres. ¿Podrías decirme por qué? Quiero saber la verdad».
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