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Capítulo 629:
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Gabriela no podía soportar oír a Stewart continuar.
Comprendía que, una vez que sus palabras llenaran el espacio entre ellos, su amistad se haría añicos sin posibilidad de reparación.
Se giró para marcharse, pero Stewart le apretó el brazo con más fuerza, inmovilizándola con una determinación desesperada.
«Gabriela, desde el primer momento en que posé mis ojos en ti, te grabaste en mi memoria».
Por aquel entonces, Gabriela no era más que una estudiante de primer año de universidad. La madurez aún no había dejado huella en sus rasgos, dejando su rostro suave y sin marcas de las duras lecciones del mundo.
A Stewart le había parecido frágil como cristal soplado.
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Sin embargo, sus manos poseían magia. La maqueta de la ciudad submarina que había creado partiendo únicamente de su imaginación y habilidad había rondado sus pensamientos durante años después.
Había acudido a su empresa en repetidas ocasiones, con voz firme mientras defendía el desarrollo de software para personas con discapacidad visual —todo por la hermana de Allan—.
Cuando el éxito finalmente coronó sus esfuerzos, se volcó en el trabajo junto al equipo de desarrollo, recopilando información con una pasión implacable. Se le agrietaban los labios por la deshidratación y le ardían los ojos por el agotamiento, pero nunca se quejó.
Aquel año, algo cambió dentro de Stewart: una necesidad instintiva de protegerla de la crueldad del mundo.
Años más tarde, cuando el destino los volvió a unir, ella se había transformado. Irradiaba luz como un rayo de sol, y su risa era tan brillante que disipaba las sombras. Las cicatrices de su infancia se habían vuelto invisibles, enterradas bajo capas de una confianza ganada a pulso.
Se movía por el mundo con una destreza que le impresionaba, una inteligencia que le desafiaba y una belleza que le dejaba sin aliento.
A los ojos de Stewart, Gabriela era perfecta.
Murmuró: «Te quiero profundamente. Llevo guardando estos sentimientos desde hace más tiempo del que puedo recordar, y tú…».
Heredero de la dinastía Williams, un hombre nacido con todas las ventajas que la vida podía ofrecer, Stewart notó que su voz temblaba como la de un colegial. Su corazón latía con fuerza contra las costillas mientras se obligaba a pronunciar las palabras.
—¿Hay siquiera la más mínima posibilidad de que sientas algo por mí a cambio?
—No. —La respuesta de Gabriela cortó el aire sin vacilar—. Stewart, lo que siento por ti no es amor romántico. Somos amigos, nada más.
Le comunicó su rechazo con precisión quirúrgica.
—¿De verdad soy tan indigno? —La voz de Stewart se quebró con incredulidad, su confianza desmoronándose—. Ni siquiera te has parado a pensarlo.
«No eres indigno». Gabriela enderezó la espalda, con la mirada firme y amable, pero inquebrantable. «Eres lo suficientemente guapo como para llamar la atención, lo suficientemente capaz como para inspirar respeto, lo suficientemente rico como para comprar reinos. Te falta la arrogancia que envenena a tantos hombres nacidos en el privilegio».
Stewart, con el alcohol aún nublándole los pensamientos, respondió con una voz ronca por la emoción. «Me pintas como la perfección misma, y sin embargo has aplastado mis esperanzas sin pensarlo dos veces».
La risa de Gabriela resonó entre ellos, inesperada y genuina.
«Eres extraordinario, pero yo también lo soy. He construido mi independencia piedra a piedra, he vivido cada día gracias a mi propia fuerza y determinación. Tu confesión de amor demuestra tu excelente criterio».
Su expresión permaneció serena, sus ojos claros como arroyos de montaña.
«Pero mi corazón no comparte tus sentimientos, y no te aceptaré simplemente porque estés enamorado de mí».
La risa de Stewart fue suave y llena de asombro, como si hubiera descubierto algo precioso y extraño.
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