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Capítulo 528:
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Llevaba mucho tiempo sospechando que Wesley era el padre de Truett.
Pero ahora, con Wesley a punto de casarse con otra persona, la idea le aterrorizaba. Si Gabriela revelaba la identidad de Truett, la familia Moss podría intervenir y llevarse al niño, dejándola sin nada. Había visto cosas así suceder demasiadas veces antes.
Temía que, al final, Gabriela pudiera perder a Truett y seguir sin tener nunca a Wesley.
—Gabriela, no —dijo Farley, con voz baja y urgente—. No hagas nada precipitado. Ya sabes cómo actúan los de su clase.
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En familias como la suya, a menudo se quedaban con los niños y se deshacían de las madres como si fueran noticias de ayer.
Gabriela apretó con más fuerza el teléfono, pero su expresión se suavizó hasta volverse tranquila, casi fría. «Tranquilo. Sé lo que hago».
Marcó el número de Wesley. No hubo respuesta.
Entonces lo intentó de nuevo.
Esta vez, la línea se conectó, pero solo se oía silencio.
Con cautela, habló. «¿Señor Moss?».
«Wesley está en la ducha», dijo Rebecca. «¿Necesitabas algo de él?»
Gabriela se quedó paralizada. «¿Rebecca?»
«Soy yo». El tono de Rebecca se agudizó, teñido de impaciencia. «Si tienes algo que decir, dilo ahora. Pronto, ni Wesley ni yo contestaremos a tus llamadas. Has tenido una relación antes, ¿no? Deberías saber que a las parejas no les gustan las interrupciones durante los momentos íntimos».
El tono de suficiencia en su voz no hizo más que acentuarse. «Esta noche está de buen humor», añadió Rebecca casi con desenfado. «Puede que me tenga ocupada hasta tarde».
Gabriela apretó el teléfono con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.
Los recuerdos del pasado la abrumaron.
En aquel entonces, él la había dejado tan agotada que tardó un día en recuperarse.
Sabía de sobra lo intenso que podía llegar a ser Wesley. La forma en que la atraía hacia él, la besaba hasta dejarla sin sentido, le susurraba su nombre con esa voz grave y ronca.
Su exterior frío y distante se desvanecía a puerta cerrada, sustituido por un calor que la consumía por completo.
La idea de verlo así con otra persona era insoportable.
Sin decir nada más, Gabriela colgó, con el pecho oprimido por un peso vacío y asfixiante.
La llamada terminó y Rebecca dejó el teléfono a un lado, con una sonrisa indiferente esbozándose en sus labios.
Justo entonces, Wesley salió del baño.
El vapor aún flotaba en el aire, pero él ya vestía de gala, con una expresión impenetrable y gélida.
» —¿Ya has terminado de ducharte, Wesley? —preguntó Rebecca con ligereza, en un tono casi apologético—. Sobre lo de antes… lo siento. No era mi intención que pasara eso.
Había traído sopa preparada por el chef de su familia y, con una sincronización perfecta, la había derramado «accidentalmente» sobre él.
Wesley solo le dirigió una mirada superficial. —No pasa nada —respondió, con voz fría y mesurada, agachándose para recoger su teléfono. «Es tarde. Deberías irte a casa».
Rebecca suavizó el tono. «De acuerdo». Luego, con una precisión despreocupada, añadió: «Gabriela acaba de llamar. He contestado por ti. No he entendido qué quería. Quizá deberías devolverle la llamada».
Wesley se detuvo, inmóvil y reflexivo, como si sopesara si eso importaba siquiera.
Tras un instante, dijo: «No hace falta».
Los labios de Rebecca se curvaron en una silenciosa satisfacción. Se dio la vuelta y salió del apartamento.
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