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Capítulo 818:
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«¿Gastar cinco millones sólo para hacer sonreír a su amada? Eso sí que es devoción».
«Bueno, con la fortuna de la familia Ashton, cinco millones es una simple gota en el océano».
Los susurros se extendieron por la habitación y acabaron llegando a Corrine.
¿Cinco millones para hacer sonreír a Leah? El sentimiento sonó vacío.
Corrine golpeó la mesa con su paleta, pensativa. Mientras tanto, en otro palco privado, Leah se volvió hacia Bruce, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. «Bruce, tú…»
Bruce la miró, con tono firme. «Un anillo es lo más apropiado. Considéralo el primero que te doy por nuestro matrimonio».
Los ojos de Leah se llenaron de emoción y lo abrazó. «Gracias, Bruce».
Se rió suavemente y le pasó una mano por el pelo. «Tonta, ahora eres mi mujer. Lo que es mío es tuyo».
A los cinco millones, la sala se quedó en silencio: no hubo aspirantes, ni paletas alzadas. El subastador se preparó para anunciar la venta.
Justo cuando Bruce se relajó, seguro de la victoria, Corrine levantó su paleta. «Seis millones.»
Su voz era tranquila, casi indiferente, pero hizo temblar a Leah.
El enfado se le revolvió en las tripas. ¿Lo hacía Corrine a propósito?
Sin embargo, con la misma rapidez con la que surgió la molestia, un pensamiento diferente echó raíces. Si Corrine estaba compitiendo, ¿significaba que realmente no había superado lo de Bruce? ¿Que a pesar de todo, todavía le importaba?
La posibilidad emocionaba a Leah. Cuanto más reacia parecía Corrine a seguir adelante, más dulce era el triunfo de Leah.
Ver sufrir a Corrine, ver el aguijón de la pérdida en sus ojos, ésa era la satisfacción que Leah ansiaba.
Y una vez más, las acciones de Corrine arrojan luz sobre la enmarañada red de amor y resentimiento que unía a los tres.
En cuanto Bruce oyó la voz de Corrine, el corazón le dio un vuelco. Una oleada de inesperada alegría y emoción le recorrió por dentro. ¿Todavía le importaba a Corrine, incluso después de todo este tiempo? ¿Por qué si no iba a intervenir de repente?
Sus dedos se tensaron ligeramente alrededor de la paleta de pujar, momentáneamente congelados en su sitio. Incluso se olvidó de seguir pujando. Al notar su silencio, Leah le lanzó una sutil mirada. Al ver un destello de distracción en sus ojos, un fugaz escalofrío recorrió los suyos. Pero en un instante, disimuló sus pensamientos y adoptó una actitud amable.
«Tal vez deberíamos dejarlo ir», dijo suavemente. «Es sólo un anillo».
Sus palabras devolvieron a Bruce a la realidad. Notó la sonrisa forzada en sus labios y frunció ligeramente el ceño. El conflicto interno que se había agitado en su interior momentos antes se desvaneció, sustituido por una punzada de culpabilidad. Su mirada se endureció y levantó el remo.
«Siete millones».
Su voz era firme, inquebrantable.
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