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Capítulo 97:
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Stella luchó desesperadamente, pero el hombre que estaba detrás de ella poseía una fuerza tan abrumadora que la sacó sin esfuerzo del baño.
Con una fuerte patada, la puerta del pasillo de salida se abrió de par en par.
Stella fue empujada al pasillo.
Tambaleó unos pasos antes de recuperar el equilibrio agarrándose a la pared para apoyarse.
Su mirada sorprendida se volvió, revelando la identidad de su agresor: Aziel.
La furia se encendió en su pecho y su voz resonó en un tono exigente. «¿Qué diablos estás haciendo?».
Los labios de Aziel se curvaron en una sonrisa maliciosa, con un destello de picardía en los ojos, mientras replicaba: «¿No es obvio? Estoy aquí por ti. No pierdas el tiempo. Necesito tu firma en un documento en el que renuncies a la herencia de mi padre».
Stella no pudo evitar encontrar su audacia ridícula.
Rechazó su propuesta de plano, con voz firme y resuelta. «¡Por supuesto que no! Ni hablar. ¡Ni se te ocurra soñar con las propiedades del abuelo!».
Aziel frunció los labios con desdén y sus ojos brillaron con intensidad. —He venido a entregarte un mensaje, no a charlar amistosamente. Usa la cabeza y firma. De lo contrario, ¡prepárate para un mundo de dolor!
Le recordó a Stella cuál era su lugar con palabras que eran como dagas heladas. —No olvides nunca que eres una huérfana adoptada por mi padre. El apellido Anderson no es tuyo para que lo ostentes».
«¡Loco!». La exasperación de Stella brotó, saliendo de sus labios en forma de maldición indignada. Dio media vuelta, dispuesta a marcharse enfadada.
Pero su salida se vio bruscamente interrumpida, con su muñeca atrapada en un agarre de hierro.
«¡Aziel! ¡Suéltame!». Las palabras retumbaron en la garganta de Stella, como un gruñido de advertencia.
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Una sonrisa siniestra se extendió por el rostro de Aziel. —Vaya, vaya. Parece que tienes un deseo ardiente de unirte a la familia Anderson. ¿Quién soy yo para interponerme en tu camino?
—¿Qué tienes en mente? —El corazón de Stella se aceleró por la preocupación.
«¿Qué otra opción tengo? Considérate afortunada por conservar tu belleza. Una vez que hayamos compartido ese momento íntimo, serás mía en todos los sentidos. No solo las riquezas de mi padre, sino todo lo que es suyo será tuyo y mío».
Con esas palabras, atrajo a Stella hacia él en un fuerte abrazo, inmovilizándola suavemente contra la pared. Stella sintió un impulso de huir, pero su cuerpo estaba inmovilizado, sin dejar espacio para la resistencia.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, y un grito de auxilio se le atragantó en la garganta. Aziel actuó con rapidez, ahogando sus protestas con una mano firme.
«Hmm…». Stella sacudió la cabeza con fuerza, tratando desesperadamente de liberarse de su agarre.
La sonrisa maliciosa de Aziel se amplió mientras se inclinaba hacia ella, con la voz en un susurro cerca de su oído.
«Cuando intenté ser amable y dulce, me ignoraste. Parece que es hora de que aprendas una lección. He oído que aún no has conocido a tu marido. Debes de sentir una soledad insoportable, ¿verdad?».
Sus palabras rezumaban malicia y se volvían cada vez más vulgares.
Los ojos de Stella ardían de furia, incluso cuando la desesperación se apoderaba de su pecho.
Aziel se rió con malicia, acercando su rostro al de ella, con los labios preparados para una invitación descarada y repugnante.
Stella apretó los ojos y levantó la rodilla.
—¡Ah! —Un grito agudo se le escapó. Las manos de Aziel la soltaron al instante mientras se doblaba por la mitad, agarrándose la entrepierna, con el rostro descolorido.
Sin dudarlo, Stella corrió hacia la puerta.
Apenas había agarrado el pomo cuando un tirón repentino de su cabello la hizo retroceder.
La mano de Aziel se enredó en su cabello como un tornillo de banco.
—¡Zorra! ¡Cómo te atreves a darme una patada!
Ardiendo de rabia, la estrelló contra la pared, con una voz que era un gruñido venenoso.
—Hoy te demostraré todo el poder que tengo.
—¡Socorro! —Su grito rasgó el aire, crudo y desesperado.
«Adelante, grita todo lo que quieras. ¿Quién crees que vendrá corriendo?».
Impulsado por la furia, la arrojó al suelo.
«¡Corre! Si crees que puedes, adelante, ¡intenta atravesar esa puerta!».
El cuerpo de Stella palpitaba de dolor por la caída, y cada movimiento le provocaba oleadas de agonía en las extremidades.
Pero en lo más profundo de su ser se encendió un fuego: una voluntad implacable de sobrevivir.
Aún suplicando, comenzó a arrastrarse hacia la puerta con todas las fuerzas que le quedaban.
Aziel se abalanzó sobre ella, la agarró por el cuello y le propinó dos fuertes y dolorosas bofetadas.
«¡Zorra! Hoy te voy a follar».
La soltó, se quitó la camisa y avanzó hacia ella con una intención aterradora.
Abrumada y desorientada, el mundo de Stella daba vueltas a su alrededor y su conciencia se desvanecía poco a poco.
Justo antes de que el abismo la consumiera, un sonido lejano atravesó la niebla: una puerta que se abría con un crujido, seguida del ruido de pasos pesados.
Luego llegó el grito escalofriante de Aziel, que resonó en el espacio.
Unos brazos fuertes la rodearon, ofreciéndole consuelo y calor. El aire a su alrededor tenía un aroma fresco y refrescante, como una mañana ventosa junto al mar.
Stella parpadeó mientras luchaba por recuperar la conciencia, su visión reducida a un remolino borroso de colores y formas indistintas.
El alivio la invadió: estaba a salvo.
Pero su conciencia se desvanecía rápidamente.
Con las últimas fuerzas que le quedaban, logró susurrar:
«Gracias».
Sus palabras flotaron en el aire, un frágil hilo de conexión antes de que finalmente se rindiera a la oscuridad.
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