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Capítulo 786:
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Galen frunció los labios, queriendo discutir, pero Elizabeth lo interrumpió.
«Galen, sé lo que hago. Ocúpate de tu trabajo», advirtió Elizabeth, con una amenaza apenas velada para que se mantuviera al margen.
Aunque molesto, Galen se dio cuenta de que sus preocupaciones caían en saco roto. No tenía sentido insistir más.
Con un suspiro silencioso, los dejó solos.
En cuanto se marchó, Elizabeth le indicó a Leo que se sentara. Una sonrisa calculada se dibujó en sus labios. «Déjame volver a presentarme, Leo. Soy Elizabeth Wallace».
Leo estaba confundido. «¿Qué relación tienes con Stella?». Había pensado que esta mujer debía tener algo que ver con Stella, ya que las dos se parecían mucho.
La sonrisa de Elizabeth vaciló ligeramente. «Somos enemigas», respondió con voz monótona.
Leo, sorprendido, se recompuso y preguntó: «¿Y qué puedo hacer por usted?».
Elizabeth levantó las cejas, pero no reveló sus verdaderas intenciones. En cambio, le hizo una pregunta: «¿Odias a Stella? ¿O tal vez quieres recuperarla?».
La mirada de Leo se agudizó. «¿Qué está sugiriendo?», preguntó con cautela.
Elizabeth siguió siendo evasiva. «Puede que tenga una forma de que vuelvas con Stella».
Leo entrecerró los ojos y la estudió atentamente.
A pesar de su confusión, estaba seguro de su propósito: la destrucción de Stella. Pero ahora Stella era la esposa de Matthew, y Leo había sido testigo de su poder de primera mano. No entraría en una batalla sin estar preparado.
«¿Por qué ayudarme?», preguntó con voz cautelosa.
La respuesta de Elizabeth fue informal, mientras jugaba distraídamente con sus uñas. —Tengo mis propios planes. Esto no es altruismo. Compartimos un objetivo. La colaboración ofrece más perspectivas, ¿no crees? No preferirías quedarte estancado en Seamarsh, ¿verdad?
Leo hizo una pausa, con los labios apretados en una línea pensativa.
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Era evidente que esta mujer lo había investigado. No era alguien con quien se pudiera jugar, especialmente teniendo en cuenta la participación de Matthew.
Una nueva determinación brilló en sus ojos. Inclinó ligeramente la cabeza. «Estoy a su servicio, señorita Wallace».
Miley acababa de terminar de trabajar y eran las nueve de la noche.
Recogió sus cosas y se dirigió a su coche. Nada más salir del espectáculo, un grupo de hombres la rodeó.
Apretó con fuerza su bolso y un pensamiento desesperado de escapar pasó por su mente. Pero el líder, que se dio cuenta rápidamente, se acercó.
Miley sintió pánico cuando una mano le presionó el hombro y dos hombres la llevaron a un callejón cercano.
«¿Qué están haciendo?», preguntó, luchando contra su agarre sin éxito.
Los hombres formaron un círculo apretado a su alrededor, bloqueando cualquier posibilidad de escapar. El líder, con una sonrisa siniestra, apoyó la mano en su costado. «Hola, guapa».
Miley se apartó, apartando su mano. «¿Quiénes son ustedes?», preguntó, con voz llena de miedo.
«Salgamos juntos. Así nos conoceremos», bromeó el hombre, y sus compañeros estallaron en carcajadas.
Miley sintió repugnancia, pero sabía que estaba en desventaja.
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