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Capítulo 975:
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Hoy había elegido una camisa azul oscuro, con las mangas cuidadosamente remangadas para mostrar sus antebrazos bien definidos.
El ascensor sonó suavemente al llegar a la última planta.
Cuando las puertas se abrieron, la vieron: Chloe, o tal vez Kaelyn, de pie en silencio junto a la ventana, de espaldas a ellos.
Llevaba un suave vestido lavanda, y la luz estiraba su silueta por el suelo, larga e inmóvil.
«¡Kaelyn! Sebastián la llamó, incapaz de contenerse.
Ella se giró lentamente, con la luz del sol perfilándola en oro.
Hubo una pausa, luego sus ojos se iluminaron y una sonrisa familiar se extendió por su rostro. «¿Sebastián? ¿David?».
Se acercó rápidamente a ellos, con el vestido ondeando suavemente a cada paso. «¡Estáis aquí!». Su voz rebosaba emoción, y algo en ella hizo que el corazón de Sebastián se llenara de calidez.
Los ojos de David se iluminaron. Dio un paso adelante, pero se detuvo. —¿Nos recuerdas?
Chloe ladeó la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño. —No… pero veros me hace sentir extrañamente feliz.
Extendió la mano hacia el ramo que sostenía Sebastián y aspiró su aroma. —Lirios… Huelen de maravilla. ¿Me gustaba tanto este aroma?
Sebastián parpadeó para contener un repentino escozor en los ojos. «Sí. Después de cada carrera que ganabas, pedías lirios».
«¿En serio?», preguntó Chloe con los ojos brillantes, llenos de asombro. Miró a David. «¿Y tú también los traías?».
A David se le sonrojaron las orejas. «No solo yo. Todos los del equipo lo hacíamos». Su voz era ahora más tranquila. «Siempre eras la primera en detectar los problemas… y la última en abandonar el entrenamiento».
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Rodger entró en la habitación en ese momento y los miró con una sonrisa cálida y satisfecha. —Kaelyn ha estado radiante todo el día. Lleva esperando esta visita desde por la mañana.
Llevaba un traje elegante y a medida, y la corbata le quedaba perfecta. Sin dudarlo, pasó un brazo por los hombros de Chloe, como si lo hubiera hecho cientos de veces antes.
David se detuvo brevemente en ese gesto antes de saludar a Rodger con un gesto cortés.
—He pedido a la cocina que prepare tus platos favoritos —dijo Rodger con tono tranquilo—. Quédate a cenar. Kaelyn estará encantada de que nos acompañes.
La cena se sirvió en la azotea, bajo una brillante lámpara de araña. Los cubiertos de plata brillaban bajo las luces, añadiendo un suave encanto al ambiente.
Chloe se sentó a la cabecera de la mesa, con Rodger a su lado y Sebastián y David frente a ellos.
Sus ojos bailaban de una persona a otra, llenos de curiosidad. Hacía preguntas como si intentara reconstruir un sueño. «¿Cómo nos conocimos entonces?», preguntó, levantando un trozo de salmón con el tenedor.
David se sentó y la miró con una suave sonrisa. «En el rally del desierto. Llevabas un traje de piloto rojo y diste tres vueltas y media en la arena.
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