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Capítulo 961:
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Lejos, en una pequeña habitación lúgubre, Kaelyn se acurrucaba en un rincón. Pesadas cadenas de hierro se clavaban en sus tobillos, dejando marcas rojas y en carne viva que le escocían cada vez que se movía.
Cada día, le empujaban un cuenco de avena aguada, de forma brusca y descuidada. El hambre la carcomía hasta tal punto que incluso el dolor se convirtió en un dolor sordo que apenas notaba.
El reflejo en la pantalla rota de su teléfono ya casi no parecía humano. Sus mejillas, antes brillantes, se habían hundido, su piel se había vuelto pálida como la de un fantasma y sus clavículas sobresalían como cuchillas afiladas.
Pero Kaelyn juró que nunca se rendiría ante Claire.
Cada vez que la puerta de hierro se abría con un chirrido, el corazón de Kaelyn se aceleraba hasta que veía que solo era Molly, la anciana que le traía la comida. Solo entonces su cuerpo se relajaba, un poco.
Molly entraba lentamente, con la espalda encorvada y los ojos llenos de silenciosa lástima. Sin embargo, nunca pronunciaba palabra.
Últimamente, Claire había vuelto a desaparecer. Kaelyn sabía que era su oportunidad.
Durante dos largos meses, había escuchado en silencio las palabras murmuradas por Molly, captando fragmentos de ese extraño dialecto. Noche tras noche, practicaba hablarlo en la oscuridad, tropezando con los sonidos desconocidos hasta que salían de su boca con naturalidad.
Finalmente, un día, cuando Molly dejó la bandeja con la comida y se dio la vuelta para marcharse, Kaelyn habló con voz ronca. «Tika… Mori han» (¿Puedo… dar un paseo?).
Molly se dio la vuelta, con el rostro marcado por la sorpresa y la incredulidad. Kaelyn esbozó una sonrisa temblorosa y señaló hacia el rayo de sol que se colaba por la puerta. «Han… Suli deka… Mi mula» (Caminar… Un poco… Me estoy muriendo).
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Las manos de la anciana temblaban mientras se agarraba al delantal, dividida entre el miedo y la compasión.
Cuando Kaelyn finalmente salió al exterior, la luz del sol la golpeó como un mazazo. Las lágrimas brotaron de sus ojos, difuminando la hierba verde y el cielo azul. Respiró el aire herbáceo como si fuera un salvavidas, mientras la cadena murmuraba débilmente sobre el césped calentado por el sol. Molly agarró con fuerza el otro extremo de la cadena, como si temiera que Kaelyn saliera corriendo como un animal salvaje.
«Lo kana… Pa Iuka». (No huiré… Átame al árbol). Kaelyn pronunció estas palabras en voz baja, mientras sus dedos rozaban la hierba y arrancaban unas pequeñas hierbas ocultas.
Molly confundió sus acciones con hambre y, al día siguiente, cuando le llevó la comida a Kaelyn, le pasó a escondidas media barra de pan negro bajo el delantal.
Estos momentos robados bajo el sol, estos secretos retazos de esperanza, se convirtieron en el salvavidas de Kaelyn, un hilo delgado pero irrompible que mantenía unida su alma.
Kaelyn aprovechó el momento. Mientras se agachaba, sus manos se movían con un propósito silencioso: recogía dientes de león para aliviar la inflamación, arrancaba tiernos brotes de ortiga para recuperar sus fuerzas menguantes y recogía un puñado de menta silvestre para calmar el martilleo de su cabeza.
Molly, ajena al valor de estas hierbas silvestres, pensó que Kaelyn simplemente se estaba muriendo de hambre y comía hierbas para sobrevivir. No se dio cuenta de que esta mujer aparentemente frágil estaba recurriendo a las herramientas más simples de la naturaleza en un esfuerzo desesperado por mantenerse con vida.
Pasó una semana. Al atardecer, Kaelyn apretó los puños y se puso de pie lentamente. Esta vez, sus manos ya no temblaban.
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