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Capítulo 871:
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Cuando la línea de meta apareció a la vista, el corazón de Kaelyn dio un vuelco. De pie cerca de allí, al borde de la pista, estaba esa misma mujer, la que le parecía parecida a Claire.
La visión la tomó por sorpresa, pero rápidamente se obligó a estabilizar su respiración. Con respiraciones profundas, se dijo a sí misma: «Mantén la calma. La carrera es lo primero». Apartando la distracción, Kaelyn volvió a centrar su atención en la pista. Con un control impecable y una velocidad inquebrantable, cruzó la línea de meta, muy por delante de la competencia.
Mientras tanto, David logró resolver el problema sobre la marcha. Luego reinició el motor y volvió a la acción, persiguiendo a los demás corredores con todas sus fuerzas.
Aunque se había quedado atrás, David consiguió un resultado impresionante, gracias a su determinación y a su instinto de conducción.
Cuando cruzó la línea de meta, Kaelyn corrió a su encuentro. Una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro y le dijo: «¡David, has estado increíble! Sabía que podías hacerlo».
Ambos sonrieron, con los rostros cansados iluminados por la pura euforia del triunfo.
Sin embargo, incluso en ese momento de celebración, la repentina aparición de Claire permanecía en sus pensamientos, proyectando una sombra de inquietud que no podían quitarse de encima.
La tercera fase de la carrera comenzó poco después, recibida con gran expectación. La energía en la arena ardía, con oleadas de vítores y gritos resonando en el aire.
Sentada en su coche, Kaelyn irradiaba compostura y confianza con su traje de carreras. A su lado, David, en su propio coche, agarraba el volante con fuerza. Su expresión era feroz y concentrada.
Los motores rugieron al cobrar vida. En el momento en que se encendió la señal, sus coches salieron disparados hacia delante, rápidos y fluidos, como flechas lanzadas desde un arco tensado. Trabajaron en perfecta armonía, acelerando por la pista a la velocidad del rayo. Con sus magníficas habilidades, ejecutaron cada curva a la perfección, dejando muy atrás a los demás competidores.
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Con cada aumento de velocidad, cada maniobra perfecta, la multitud estallaba en vítores cada vez más fuertes.
«¡Kaelyn, mantén este ritmo y lo tenemos en el bolsillo!», David gritó, emocionado.
Una sonrisa de confianza se dibujó en los labios de Kaelyn. «No te preocupes, David. Este campeonato es nuestro».
Sus ojos permanecieron fijos en la carretera, agudos y sin pestañear, como si nada más importara en este mundo salvo la carrera que tenía delante. Momentos después, cruzaron la línea de meta, reclamando la victoria con una ventaja enorme.
El recinto de la carrera estalló de emoción, con entusiastas aficionados rodeándolos. La multitud enloqueció. Los aficionados corrieron hacia ellos, gritando sus nombres y ondeando pancartas en alto.
«¡Kaelyn! ¡Kaelyn!».
«¡David! ¡David!».
De pie sobre sus coches, Kaelyn y David saludaron a la ruidosa multitud, disfrutando de la euforia de la victoria.
Pero entonces, la expresión de Dewitt cambió en un instante cuando sus ojos se posaron en alguien entre la multitud.
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