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Capítulo 850:
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El aire se espesó con la condena. Todas las miradas se fijaron en Rodger, buscando en su rostro un rastro de vergüenza, un destello de arrepentimiento.
Kaelyn apretó los puños en su regazo. Sus nudillos se pusieron blancos mientras intentaba calmar la tormenta que se desataba en su interior. Sus ojos brillaban con una tristeza silenciosa que ya no podía ocultar.
Rodger, sentado en el ojo del huracán, permaneció imperturbable. Miró a Kaelyn y le dirigió una mirada, una tranquila llama de tranquilidad en medio del caos.
Entre la multitud, Dewitt apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Su pecho subía y bajaba con furia contenida mientras murmuraba entre dientes: «Esto no puede ser cierto. No es más que calumnias, mentiras disfrazadas de pruebas».
El juez frunció el ceño pensativo mientras se volvía hacia Rodger. Su voz, firme y deliberada, atravesó el clamor como una campana a medianoche. «Acusado Rodger, ante pruebas tan contundentes, ¿tiene algo que decir en su defensa?».
Rodger se sentó erguido en su silla, con una postura como una montaña imperturbable ante el viento o la tormenta. La sala bullía, pero él permaneció imperturbable ante el ruido.
Levantando la barbilla, miró directamente a los ojos al juez. Tras una pausa de silencio, respondió, lento y firme: «Por el momento, no».
La sucinta declaración de Rodger resonó en la sala como un repentino trueno, provocando al instante un alboroto aún más ferviente entre la multitud reunida.
«¿Ha confesado al decir eso? ¿Por qué no se defiende de estas acusaciones?».
«¡No puedo creerlo! ¿Es posible que sea culpable de estos delitos y no tenga nada más con lo que defenderse?».
Las especulaciones se multiplicaron, y las voces se superponían en una cacofonía de teorías y susurros.
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Kaelyn se sentó en silencio entre la multitud, con la piel pálida y sin color, los ojos muy abiertos y nublados por la confusión y el temor silencioso.
El abogado, sin embargo, no perdió tiempo en dejar que los susurros se extendieran. Con un autoritario carraspeo, silenció los murmullos y reanudó su ataque fiscal.
«Ahora procederemos a la acusación final contra el acusado», anunció, con voz clara y autoritaria. «Rodger, en su calidad de soldado, está acusado de suministrar armas a fuerzas extranjeras, un acto que equivale nada menos que a traición».
Mientras pronunciaba estas palabras, hizo una señal a su asistente, que se adelantó rápidamente con una serie de fotos condenatorias.
«Por favor, presten atención a estas imágenes», continuó el abogado, con un tono impregnado de una determinación férrea. «Muestran a combatientes extranjeros armados con armas. Tras un minucioso análisis profesional, se ha demostrado de forma irrefutable que estas armas proceden de nuestras propias reservas militares. Estos dos cargos no son aislados. Si el tribunal declara al acusado culpable de tráfico de armas, la acusación de traición será la consecuencia lógica».
Su voz resonó en la sala del tribunal, ahora en silencio, y cada palabra se acercaba más a lo que él sugería que era una conclusión inevitable: la condena de Rodger.
El corazón de Kaelyn latía con fuerza, y cada latido reflejaba su creciente ansiedad. Sus ojos se fijaron en Rodger con una intensidad que rayaba en la desesperación, como si su respiración dependiera de su próximo movimiento.
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